La Navidad y el ser personal
H. N.

En la Navidad se hallan multitud de significados.

Los proponen al hombre la tristeza y la alegría; la vida y la muerte. Alivian su dolor, iluminan su esperanza.

Como misterio que es, la Navidad es un territorio abierto a sorprendentes hallazgos. Una vertiente inagotable, un agua que calma la sed y que no muere.

Por eso lo han cantado los ángeles (Lc. 2,14), pensado los teólogos, escrito los filósofos y poetas.
De toda esa inmensa variedad de significados quisiera, en vísperas de la Navidad, rescatar especialmente uno.

No por olvidar ninguno de los otros (no por dejar de pensar en la paz que anuncia, o en la fiesta que convoca; no por omitir, ni por un instante, la milagrosa conjunción de lo divino en lo humano de su historia) sino, por el contrario, por querer compendiarlos a todos en el sentido humanista de su propuesta, me gustaría escribir unas pocas palabras sobre el significado de la unicidad del ser personal que ella contiene.

Vivimos un mundo muy complejo en el cual la persona se presenta frecuentemente prisionera del género.

Las sociedades tecnológicamente desarrolladas han desplazado de un modo increíble el valor de cada uno, sustituyéndolo por categorías impersonales y abstractas.

Somos profesores, empleados, trabajadores, lectores, telespectadores, consumidores, usuarios, contribuyentes, justiciables…

Una lista interminable de encuadramientos y funciones que ciñen, enmarcan y nos definen.
No es que sea malo en sí mismo. Muchas veces, la pertenencia a cierta categoría nos beneficia y protege.

(Ser considerados dentro de un género nos suele interesar hasta tal punto, que tratamos de incluirnos en él para, por ejemplo, defendernos de la arbitrariedad o del poder. Reivindicamos frecuentemente esa participación como un valor positivo).

El problema se presenta sin embargo cuando esas categorías se ontologizan, se vuelven ellas mismas un núcleo, desplazando el valor personal de cada uno.

Es cierto que soy consumidor y usuario y profesor: pero además sobre todo soy persona.

Y la mera definición por el género, aunque me traiga cierta seguridad, aunque en algunos momentos me afirme y fortalezca, me agobia cuando hace perder de vista ante mí  y ante los otros mi propia unicidad personal.

Ser persona es precisamente no ser un género. Significa ser único, irrepetible, no cambiable, no reemplazable, no fungible.

Si algo recordara alguna vez mi paso por la tierra, si algo diera testimonio de mí, no será ciertamente la pertenencia a un género sino precisamente mi condición de ser personal.

Aquí se presenta sin embargo una complicación.

Ser persona no es una calidad a la que pueda accederse por sí mismo.

La esperanza cartesiana de un ser personal autosuficiente y autoconformado se ha revelado vanamente presuntuosa, ha quedado desvanecida en los hechos y en el tiempo.

Mi unicidad no depende de mí sino del otro: y no del otro allegado a mí de cualquier manera, sino del otro aproximado a mí en un acto de amor. (Nunca seré este padre que soy sin este hijo que me ama. Este hermano, este amigo que soy, sin este hermano o este amigo que me quieren). Cada dimensión de mi ser personal, aunque quisiese explicarla en categorías genéricas, se define en relaciones únicas e irrepetibles.

Ellas son el centro de mi existencia personal. Me rescatan del género, me sustraen de toda dimensión impersonal y abstracta: me llaman por mi nombre.

Y este es, me parece, entre los significados posibles, uno más de la Navidad.

Jesús nace y no por casualidad en el transcurso de un censo. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad (Lc. 2,3). También los padres de Jesús, José y María, que debieron viajar de Nazaret a Belén.
Un censo es un modo de contar personas, de cuantificarlas.

Es el ser personal reducido a la categoría de cantidad. Numerable, verificable, encuadrable genéricamente, para alguna finalidad impositiva o militar.

Pero de pronto ocurre el milagro. Se abre una estrella, que llena a quienes la ven de una inmensa alegría (Mt. 2,10).

Había nacido, por sobre el número y el género, alguien a quien se reconoce único e irrepetible. Los pastores, los magos, lo descubren y lo saben.


Y María que lo ama, guarda todas estas cosas y las medita en su corazón.

Dos milenios después, el conflicto entre género y persona sigue mostrándose con caracteres reiterados, cotidianos y dolorosos.

Mientras cada uno no sea reconocido verdaderamente en su ser personal, la fiesta de su celebración quedará inconclusa.

Son necesarios muchos actos de amor. Tantos que a veces hasta parece imposible llegar a la madurez de un tiempo auténticamente personal, en el que, como el camino a Jericó, uno se vuelva prójimo del otro, con sólo verlo.

Pero la Navidad está ahí, delante de nosotros renovando año tras año su llamada para que esto suceda.
Y la esperanza no se desvanezca.

(No en vano han escrito por ella filósofos y poetas, meditado teólogos, cantado los ángeles del cielo…).