lunes, 11 de junio de 2012


Nicolás Zernov: significado de la liturgia
Para el hombre encarnado, la religión es la unión entre el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, el amor finito y el infinito, Dios y el hombre.
Su principal afirmación es que lo divino y lo humano se pueden unificar, sin perder su identidad.
El espíritu y la materia son dos manifestaciones de la misma realidad: y cuando se santifican y convierten en templo de la gracia moradora, entonces la existencia se mezcla de luz eterna, el amor que la sustenta exhibe su dimensión verdadera.
En ese espacio se desarrolla la liturgia.
El culto litúrgico –del que participan prácticamente todas las religiones de la tierra- apela a los sentidos para revelar la inmensa capacidad de unión del reino de lo trascendente con el terrenal. Y entonces: los ojos del venerador miran la belleza de las sagradas pinturas, sus oídos oyen las canciones, el incienso rodea con sus vapores aromáticos, su paladar saborea los frutos de la tierra, su cuerpo glorifica a su creador mediante gestos simbólicos.
De ese modo, la liturgia se constituye en una de las aperturas de existencia más notables en la relación personal del hombre con Dios. Con mayor o menor grado de conciencia, según los casos, advierte sobre el error del dualismo que al postular que el mundo de los sentidos es una ilusión transitoria proyectada por los propios hombres, viene a crear una barrera prácticamente infranqueable entre Dios y las preocupaciones terrenales.
Y reivindica el valor corpóreo y ambital de la relación con Dios –prefigurada corporal y ambitalmente en la relación con el otro-.
El tema de la liturgia ha recibido dentro de la religión cristiana tratamientos de impresionante valor. Nicolás Zernov, uno de los teólogos rusos más profundos de los tiempos contemporáneos, ha remarcado, desde la perspectiva ortodoxa y con una impresionante proyección de universalidad, los aspectos dialógicos del culto en el que la congregación y el hombre confluyen en una instancia comunitaria, se apoyan y elevan unidos e inspirados por la fe y el amor.
Expresada en la arquitectura de los lugares de culto, en las iconostasis, en las oraciones participadas, en el canto, los cirios, en el pan, el vino o el agua de los sacramentos, en el aroma del incienso, y alcanzando su consumación más profunda en la misa, revela que “la materia es portadora de gracia y una vez que se pone en contacto con el poder divino, se hace santa y sagrada para los hombres”. (Zernov, N. Eastern Christendom. Ed. Weidenfeld and Nicholson, London, 1961).