Los rostros de la persona


Puedo iniciar este trabajo con una breve confidencia. Su valor acaso exceda la historia que refleja.

Cuando hace muchos años estudiaba derecho, una de las enseñanzas que más me impresionó fue la relativa al origen de la palabra persona.

Todos los profesores y los libros (especialmente los de derecho civil) la recordaban.

Esa etimología era doble y remitía a dos orígenes distintos: uno griego y otro romano.

Pero los dos convergían en un mismo significado: en los dos persona quería decir máscara.

La máscara que usaban los actores de teatro y que, a la vez que elevaba la voz del actor, ocultaba su verdadero rostro, reemplazándolo por el del personaje que representaba.

Ese significado de enmascaramiento del rostro, referido a la persona en términos de derecho, no dejaba de tener un destacado valor positivo: servía para evitar distingos y preferencias.

Para el derecho, como sabiamente disponía el art. 51 del Código Civil, cada uno era persona solo por sus signos característicos de humanidad, más allá de sus cualidades o accidentes.

Bastaba ser hombre. Cada uno era persona por el solo hecho de serlo.

Se insinuaba de este modo la tesis que, mucho tiempo después, expusiera magistralmente Radbruch en un momento culminante de su filosofía del derecho: para el derecho, persona es igualdad.

(También la imagen de la justicia, con los ojos vendados, llevaba a una idea semejante: solo que el cubrimiento no estaba ahora en la cara de cada uno sino en esa misteriosa presencia que medía o castigaba sin reparar en quién era el alcanzado por sus inexorables designios. De este modo, convergentemente, también los distingos eran obviados).

Con los años y ese ampliado horizonte de experiencias que da la vida, me fui dando cuenta sin embargo que, más allá de su parte de verdad, la idea de la persona como máscara (y como igualdad) ofrecía dificultades muy grandes.

Y que por una vía un tanto inesperada reproducía, desde una particular perspectiva, esa postulada distancia entre el ser de la realidad y el deber ser del derecho, que tanto ha influido en la modernidad y que tan negativamente ha gravitado en la comprensión jurídica del hombre.

Quiero decir: que el precio de esa igualdad personal que unificaba los significados personales para evitar la arbitrariedad era muy alto y conducía, simultáneamente, a una problemática deshumanización del derecho como proyecto de existencia.

Que, en rigor, no se podían enmascarar los rostros ni velar los ojos: y que asumir a todos como iguales cuando cada facticidad es diferente y cuando la realidad se esmera en advertir la unicidad del ser personal, representaba en definitiva un reduccionismo, una desfiguración del todo a partir de una ontología simplificada.

Así, poco a poco, me di cuenta que había muchos rostros que reclamaban, desde su particular configuración, su condición diferente.

Y que la exigencia más profunda del ser personal era precisamente esa: salirse de los pliegues de una unificación que velaba su realidad, desenmascararse, desde sus singularidades más hondas.

La persona y sus rostros

El rostro de los niños

Aparecen de pronto en cualquier esquina, tratando de limpiar el parabrisas del auto o simulando querer hacerlo.

Son mayores que su edad. Precoces, desafiantes, inquietos.

(Se apuran en apoyar el trapo rejilla desbordando jabón y agua sucia, para evitar que uno pueda rehusarse a un trabajo ya iniciado. A veces piden únicamente una moneda).

Y no solo así.

Están también los de los basurales, buscando entre los desperdicios alguna extraviada riqueza.

O los que los domingos por la mañana recorren las calles arrastrando pesados carros y el más pesado aún agobio de sus días.

O los de las estaciones del tren, a la salida de cada boletería, esperando quedarse con algún vuelto.

Es posible que sean ellos mismos, o que alguien los explote. Es posible que de tanto mendigar hayan hecho desaparecer hasta esa rara inquietud que provoca todo pedido de ayuda.

Están también los que cometen delitos o los que son sus víctimas.

Sobre unos y otros, permanentemente, gira ese extraño horizonte de la muerte confusa.

Vienen de dolor en dolor, castigados desde antes de nacer.

Guardan, es cierto, algo de la niñez todavía. Pero ese fondo inefable solo puede ser descubierto a partir de un amor, que nunca llega.

El rostro de los ancianos

Como las que fueron sus casas ya no pueden albergarlos (porque las habitaciones no alcanzan, no pueden estar solos, requieren una ayuda imposible para los parientes que trabajan: y además, todavía, porque el vértigo de la vida cotidiana se parece al abandono) sus rostros se pueden ver en los asilos y casas llamadas eufemísticamente hogares geriátricos.

Marginados de la sociedad del progreso (que prescinde de las personas que no producen y que consumen poco) el tiempo les ha sido expropiado: solo transcurre lentamente.

En otras épocas su condición los hacía portadores de la sabiduría: un anciano era alguien sinónimo de sabio. Ahora el progreso de la técnica los ha relegado a la condición de los que saben poco y ya no pueden aprender.

Es difícil soportar la mirada de sus rostros. Si uno a pesar de todo lo hace, advierte en ellos una mezcla de perdón y desconcierto.

El rostro de los pobres

Están en todas partes. Aparecen en los lugares más inesperados.

Son de una omnipresencia lacerante.

Se los reconoce fácilmente, porque llevan sobre sí todos los rasgos de la pena.

Los hay desocupados. Los hay villeros, hacinados urbanos. Los hay pobres campesinos.

No es la suya una pobreza coactivamente impuesta. Una pobreza sin opciones, construida de carencias, edificada de necesidades y dolores, que se irradia hacia sus mujeres y sus hijos.

Acaso porque no resulta posible olvidar su significado de inocencia, estos rostros necesitan, antes que ningún otro, salirse de cualquier enmascaramiento, liberarse de su condena.

El rostro de las personas con discapacidad

Les cuesta un esfuerzo enorme hacer lo que otros hacen fácilmente.

Los sencillos inodoros, las inocentes puertas, los humildes escalones: todo conspira, todo se vuelve una desmesurada valla.

La arquitectura misma en sus sesgos habituales parece conspirar en contra de ellos, convertirse en hacedora de infinitos obstáculos.

Y entonces de poco parece servir el haber estudiado y trabajado, venciendo contratiempos, superando adversidades.

Es como si el mundo se empeñara en marginarlos, insensible al sacrificio. Muestran en sus rostros el valor de su lucha.

Su presencia clama especialmente desde un ser personal, único e irrepetible, que pide no ser cubierto ni velado.

El rostro de los indocumentados

Se los ve sobre todo en las obras en construcción.

Vienen de Paraguay, de Bolivia, de Chile.

Sus dos apellidos aparecen especialmente destacados cuando caen desde algún andamio mal sostenido, o algún derrumbe los aplasta adentro de algún pozo. Ese día en el que mueren adquieren, por primera vez, una existencia efímera, periodística.

Los hay también de otros orígenes, bastante más lejanos. Asiáticos por ejemplo.

A esos casi es imposible verlos. Se guarecen en pequeñas habitaciones detrás de alguna tienda o en un zaguán oscuro. Allí sobreviven y trabajan todas las horas del día y de la noche. Un plato de arroz oscuro alcanza para sostenerlos.

Como no tienen documentos, se saben infractores a una ley a la que solo temen y bajo cuyos pliegues parece esconderse únicamente la cotidiana amenaza de un nuevo y perpetuo exilio.

A veces ni siquiera hablan castellano. Entonces la protesta (que un indocumentado nunca puede hacer) se muere en sonidos extraños, guturales, incomprensibles.

Sus rostros no son los habituales. Tienen un distinto color, rasgos extraños. Son otros rostros.

El rostro de los que se drogan

Como perdieron casi todas las esperanzas y el único camino que parece posible es el de la fuga, huyen.

Muchos de ellos son muy jóvenes.

En algún rincón de su conciencia, antes de extenuarse, saben que la libertad que se suicida deja de ser libre.

Que hay un mundo que se borra debajo de otro que no llega a crecer nunca.

Que la dimensión del sueño sin alegría es equivalente a la de la muerte.

Pero es un pensamiento débil, circunstancial, impreciso.

Porque el llamado de la desesperanza (de la perplejidad y el desconcierto) ahoga como un lazo múltiple.

Son rostros especialmente acongojados, inclinados sobre sí, hechos tristeza. Y no es fácil volver.

Los otros rostros

Esta breve recopilación es apenas una muestra.

Hay muchos rostros más. Mujeres golpeadas; jóvenes desorientados por no poder encontrar un lugar en la sociedad; marginados, subempleados y desempleados; despedidos por exigencias de modelos económicos impuestos, urdidos más allá de las propias fronteras; indígenas que son extranjeros en sus propias tierras.

Rostros y más rostros que claman por un reconocimiento de sus derechos que no se vele en las inabarcables dimensiones de la máscara o de una justicia con los ojos vendados.

Quieren para sí la luz del trato justo, no cosificante, el reconocimiento de su unicidad y de su dignidad como seres únicos e irrepetibles.

Quieren un derecho no solamente proclamado sino especialmente actuado: un derecho que supere las barreras conceptuales de la fórmula, que se exprese como orden de respeto, concreto y eficaz.

Son tantos rostros que sería imposible en estas líneas recuperarlos todos.

Pero como ésta es la idea central de este trabajo (y como creo poder anticipar con ella una de las tensiones más intensas a las que se verán sometidas la teoría y la práctica del derecho en los albores del nuevo milenio: la tensión entre la persona genéricamente definida como igualdad y cada concreto y desigual rostro), quiero dedicar este breve repaso y la inmensa magnitud del pedido que en él se contiene, a los estudiantes de esta Facultad.

Serán ustedes seguramente, quienes luchen, en el cotidiano abogar, para que las determinaciones conceptuales no acaben desfigurando el profundo sentido de respeto a la concreta dignidad de cada uno, que es el núcleo del derecho y la elevada razón de su existencia.