Redescubrir al hombre
H. N. 

De los seres de la creación visible, sólo el hombre existe. Las cosas están, los animales y las plantas viven: pero la palabra existencia refiere una dimensión exclusivamente humana.

Esta dimensión viene configurada por el encuentro con el otro. El hombre es un ser encontrándose con los demás, un ser en el diálogo. Esto solo puede decirse de los seres humanos.

El estar y el vivir (episodios que al hombre también conciernen) se ven a su respecto totalmente desbordados por la primacía de la existencia del encuentro.

Sobre este punto son necesarias sin embargo, algunas aclaraciones, ya que, en circunstancias, perspectivas antropológicas inadecuadas -propiamente ideológicas- desfiguraron, cuando no ofuscaron totalmente, esta dimensión dialógica del existir.

Esto vale en primer lugar, y particularmente, para una filosofía que ha sido llamada egológica (nombre que solo tangencialmente se vincula con el de la llamada teoría egológica del derecho: y del que por su justeza no quisiéramos, a pesar de esta coincidencia, prescindir) que ha llevado a entender al hombre como un ser aislado y autosuficiente.

La crisis de la cultura tecnológica contemporánea, con sus sacudidas sociales, sus guerras sin precedentes, y el desequilibrio permanente entre la inteligencia práctica y el conocimiento teórico; la reducción del hombre a una sola dimensión: la de su orientación al dominio científico, técnico y material del mundo; y la imposibilidad de comprender y de afirmar toda la riqueza y el misterio del yo personal, son las precisas consecuencias de esa lectura equivocada: de ese ver al hombre vuelto sobre sí mismo, cerrado de los demás, aislado de toda verdadera comunión humana y existencial.

Esa línea antropológica egológica tiene, posiblemente, una de sus expresiones más claras en el pensamiento de Descartes: en su hombre que logra la corroboración de su existir no en el encuentro con el otro, sino en la conciencia solitaria que se piensa a sí misma en la soledad de su propio pensamiento.

El pienso luego existo es un desgarrador vaciamiento de la consistencia existencial. 

Pero ese yo, fuertemente empobrecido de la antropología egológica, mantiene su radical pobreza también en aquellas antropologías que, intentando superarla, cayeron en la tentación de explicar al hombre desde una perspectiva totalizante, asumiéndolo y más aún, subsumiéndolo en una dimensión colectiva, que para liberarlo de su soledad lo aprisionaba y fundía en un todo impersonal y abstracto.

Si como ha puesto de manifiesto la filosofía contemporánea de la existencia, la lectura del hombre ha oscilado con frecuencia entre estas dos distorsiones fundamentales, la egológica y de la totalidad, que han velado su verdadero rostro: y poderosos sistemas políticos, económicos, jurídicos (culturales en suma) se han sustentado en ellas, la verdadera tarea del pensamiento antropológico consiste en redescubrir al hombre, en orientar una lectura que defina sus rasgos esenciales, y en ellos, esa inaferrable realidad de la existencia del otro, que al revelarse a sí mismo como una realidad originaria, cierta e indigente, acogedora y necesitada de acogida, pone de manifiesto la intersubjetividad radical de la propia existencia, nuestro ser en el diálogo.

A esta tarea -en particular desde la precisa dimensión de lo jurídico- está dedicada nuestra Cátedra.