Adonde-ahora
H. N.

La correlación de estas voces adverbiales tiene en la filosofía dialógica un significado tensional. Refiere, junto al carácter proyectivo del hombre, la delicada correlación esencia-existencia. Para un ser cuya esencia es en cierto modo la existencia –aunque sin coincidir totalmente una y otra- el ahora propone el existir: el adonde, el vínculo de la existencia a una realidad que la trasciende.

Repasemos un texto que advierte esa compleja trama de significados: el capítulo 13 versículo 36 del Evangelio según San Juan, en el que se recogen palabras que Pedro escucha de Jesús, ya próxima la hora de la despedida.

Allí, el adonde y el ahora aparecen con sus significados primordiales, que expresan, por un lado, la existencia que va a experimentar, trascendiéndolo, el hecho de la muerte; por otro, la angustiante imposibilidad de compartir nosísticamente esa experiencia.

Se conjuga con ellos todavía la modificación que el segundo de esos términos traza, sobre el primero, por su ulterior remisión a una promesa, con todas las complicaciones existenciales que esta última situación acarrea.

Es como un debate interior y vigoroso entre la soledad y el diálogo. O, mejor todavía, entre las instancias de un diálogo que pretende lograrse en comunión, y cuya plenitud no logra.

Hay todo un drama que sobrepasa la situación histórica y el protagonismo relativo de los interlocutores y que se proyecta hacia una humanidad total.

El texto en cuestión (que viene precedido por los anticipos conceptuales y analógicos que se registran en Jn 7:34 y 13:33) contiene esta parte de un coloquio más extenso: 13:35 “Le dijo Simón Pedro: …Señor, ¿adónde vas? Jesús le respondió: Adonde yo voy, no me puedes  seguir ahora; más me seguirás después…”

En medio del trance particularmente patético de la despedida, este coloquio intensamente confidencial, proyecta aperturas insondables: la esencia y la existencia se juegan alternativamente en el marco de una dialéctica decisiva.

Es un texto sencillo y sin embargo, profundamente sugerente en el que la tensión adonde-ahora viene planteada en términos de conflicto.

El adonde referencia un bien. Es el lugar adonde Jesús irá. Su topografía incierta modaliza temporalmente la presencia actual de Jesús y de su partida: es un adonde cristológicamente cargado de significación trascedente. Pedro ama y añora ese lugar, lo intuye como un reposo a sus vicisitudes y fatigas, es el lugar adonde quisiera ir él también. 


Todo su esfuerzo se ve dirigido a abrazar el significado de esa insinuada región y de compartirla.


El ahora le expresa sin embargo, un límite, un vallado: le señala el territorio de una topografía inaccesible. Al lugar adonde Jesús irá, Pedro ahora no puede ir. El ahora es el sinónimo de lo actualmente vedado, de lo que en el presente de su existencia no puede ser.
Hasta allí el adonde-ahora se revelan especialmente conflictivos.

Pero la frase es todavía más compleja. El ahora es un ahora de hoy, no de mañana. Es un ahora destinado a concluir. Y allí el conflicto se modaliza y modifica, incorpora esa suspensión radical del tiempo que importa una promesa. El final de la frase lo corrobora, volviéndola inteligible: “…me seguirás después”.

La promesa procura salvar el inmenso desconcierto del límite desde el hoy en que se la propone. Prevé el cese, la culminación de una topografía ahora oclusa, anticipa el ulterior encuentro de quienes son amigos.

(La promesa, sin embargo, remite hacia una mañana existencialmente inaferrable. Pedro lo siente claramente: “Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora...?”. Teme al riesgo de la espera, por el cual se filtra muchas veces, la desesperanza…).

En cada tramo de este episodio tan impresionante y a la vez tan rico en significaciones se proyecta la implicación total de la correlación adonde-ahora.

La existencia del hombre es –radicalmente- un ahora: con su pasado, su futuro y su presente actual. Con su búsqueda y con su sentido de despedida, con la muerte que la circunscribe permanentemente.

Es un ahora proyectivo y por eso mismo, constantemente irrealizado. Es una existencia incapaz de consumar su propia plenitud, ahora. Por eso su inquietud, su angustia.

Pero el ahora es, como en la promesa –y aún por ella misma- un ahora de hoy, no de siempre.

La consumación de su proyecto es el adonde después. La existencia concreta es, implícita y constitutivamente, un juicio internamente demorado de verdad.

El adónde convoca al hombre: hay una esencia que supera a la existencia, que le sirve de norma y de valor.

A veces, todo es extraño y desconcierta: un ahora, un lugar inaccesible todavía, una proyección hacia el incalculable mañana. El diálogo en el que todo el ser del hombre se radica y su suspenso presente, como en una despedida. Las crisis y fracasos de nuestra existencia parecieran reflejar esa inabarcable tensión.