Diálogo
I
H. N.


1. Nuestra existencia está ligada al encuentro con el otro. La vida humana es una afirmación recíproca.

No puedo ser padre sin hijos,

hermano sin hermano,

amigo sin amigo,

escritor sin lectores,

profesor sin estudiantes, 

hombre sin mujer,

No puedo ser ser humano sin otro ser humano.


2. Toda nuestra realidad corpórea está diseñada para esta dimensión transubjetiva.

Manos para saludar, para llevar a los chicos a la escuela, para abrazar a la mujer amada.

También para crear y usar instrumentos que sirvan o ayuden al otro.

Oídos para escuchar sus palabras, ojos para verlo, boca para hablarle. 

Pensamiento, palabra y obra: todo está proyectado hacia el encuentro con los demás.


3. Propongo llamar a ese encuentro: diálogo.

(Aun admitiendo la polivalencia de esta palabra, reducida en muchas descripciones al significado mínimo de una conversación pasatista).

Su sentido prístino, el que quisiera recuperar, está ligado a su etimología.

Diálogo proviene de día, dos y de logos, discurso.

Un encuentro. Una llamada y una respuesta.

Un logos sin un diálogo sería solo una tensa espera.

Una vox clamantis in deserto aguardando la llegada de alguien que la acoja, para recuperar de ese modo juntos los caminos.


4. El encuentro (el diálogo) aun ceñido a las aperturas corporales, no está atado totalmente por las leyes físicas, químicas o biológicas desde las que se proyecta. 

Magnitudes que las trascienden lo liberan.

En el hombre (en el ser personal) se expresan por eso mismo dimensiones que no se dan en otras manifestaciones de lo creado.

Dos de ellas (no las únicas ciertamente), configuran su significado profundo.

Libertad y esperanza.

Ninguna de las dos aparece presente en los animales ni en las plantas, aprisionados como están por determinismos causales.

(Un animal salvaje no deja de ser un prisionero. Tampoco, como dice un bellísimo poema de Salvatore Quasimodo, la flor que en su suerte insiste).


5. La libertad (que ha sido identificada de diversas maneras, a veces con marcado reduccionismo), expresa la posibilidad de cada uno de encontrarnos con el otro: no solo desde nuestra pura raíz natural, sino superándola, construyendo desde ella pero sin quedarnos en ella, nuevos contenidos de existencia.

La llamada y respuesta, que son los tiempos iniciales del diálogo, se proyectan en una realidad inédita. Lo humanum.

Desde esa perspectiva el ser humano es un ser haciéndose.

No solo por su crecimiento biológico, no solo por la concreción actual de sus potencialidades genéticas, sino por el encuentro que la libertad le allega.
   
En un momento alguien aparece, abriéndonos un modo de ser desconocido.       


6. La esperanza a su vez propone que son alcanzables los bienes que el diálogo anticipa:

Una realidad más plena, 
un acercarse a la perfección de lo humanum,
un crecer sin envejecer.


7.  El diálogo no es por eso nada más que una conversación.

Es un encuentro que a veces necesita de las palabras, que otras prescinde de ellas.

(Una música, un beso, un apretón de manos, dos miradas, un regalo, el llanto compartido).

Más allá de sus formas de expresión, el diálogo significa siempre ese tiempo en el que llamada y respuesta consiguen reunirse.


Es la inefable experiencia de ser un ser humano.