La crisis moral contemporánea como crisis de dos concepciones antropológicas
H. N.
1.    

El signo más notable de nuestro mundo contemporáneo lo constituye sin duda el derrumbe de los dos sistemas de ideas, de valores y de proyecciones prácticas que durante muchos años polarizaron los diversos aspectos de la vida del hombre: la egología y la totalidad.

Es cierto que el derruirse se muestra mucho más notable respecto del segundo estos sistemas, porque sucede con poderosas estructuras económicas y políticas que le estaban internamente ligadas.

Pero ese mayor impacto no impide observar que también el primero de ellos se encuentra completamente exhausto; que sus subproductos de alienación social (opresión, consumismo, dependencia) desbaratan totalmente cualquier recuperación interior al propio sistema; que sus proyecciones contradicen radicalmente el sentido de justicia y la voluntad de liberación, propias de la existencia del hombre.

2.    

Las causas de esta situación han sido y siguen siendo explicadas de distintos modos. Quisiera ensayar, brevemente, una, que refiere a la concreta dimensión humana.

Egología y totalidad se estructuraron, consiente o inconscientemente, sobre la base de una cierta interpretación de qué es el hombre, incorporándola a todas sus manifestaciones.

Pues bien: lo que se ha agotado, lo que está en crisis, lo que desde adentro ha determinado el fracaso y la caducidad de uno y otro sistema ha sido precisamente esa interpretación, que  resultó inadecuada, que veló más que reveló, el verdadero rostro del hombre, remarcando algunos rasgos suyos, ocultando otros. Que significó, en definitiva, la distorsión de lectura ideologizadas.

3.    

La interpretación egológica (a nivel sociopolítico suele designársela como individualismo) presentó al hombre como un yo absolutizado (o desvanecido) en una radical soledad. Un “ser para si mismo”.
Y así: a veces lo mostró apenas como una conciencia solitaria, pensando, reduciendo el núcleo de su existencia a su propio pensar.

Otras como un punto (exclusivo y excluyente) de referencia de impresiones y de ideas.

Otras veces aún como un legislador abismal de la vida, de las sensaciones y de una humanidad abstracta.
Pienso en los heterogéneos nombres de Descartes, de David Hume o de Manuel Kant. Y en las consecuencias  a nivel político, económico, pedagógico y hasta religioso que marcaron Locke, Adam Smith y Juan Jacobo Rousseau entre otros tantos.

Y recupero que la egología fue la filosofía del hombre sin el otro. Sin el otro real, carnal, existente. La filosofía del otro objetivado desde un yo inexorable y único, que al tratar de iluminar empobrecía, que al recobrarlo lo perdía; que orillaba siempre su presencia, como esas cosas que oscuramente se buscan y que no pueden encontrarse nunca.

4.    

No se trató ciertamente de negar el hecho, de todos modos evidente, de la existencia social. Lo que ocurrió fue que se ocluyó permanentemente el contenido de sentido que esa socialidad expresaba.

El otro era siempre problemático. Se llegaba a él sólo por remisiones a conceptos abstractos o a través de las complejas vicisitudes de la analogía.

O peor aún: el otro era para siempre conflictivo; solo podía accederse a él, en las formas transitorias y tensas del contrato o en las formas lineales y objetivadas de la coacción y de la pena.

Era el otro de la interferencia intersubjetiva, del ludimiento y el choque de la libertad que cercena mi propia libertad.

En definitiva, un límite, mi límite: solo cubriéndolo con el velo de mi propia ignorancia podría conjugarme con él e un diálogo de armonía y justicia.

5.    

Al cerrar el camino de la existencia en común, la egología sólo pudo poner como apertura humana la salida de la apropiación del mundo material (un mundo en el que, por lo demás, el otro quedaba incluso) a través del conocimiento científico, la técnica y la posesión de bienes.

Y de ese modo marcó las líneas más notables de la civilización de occidente: un yo absolutamente empobrecido, buscando suplir con el pensamiento científico, el dominio de la técnica y la acumulación del capital, toda esa riqueza de amor personal, de llamado y respuesta, de opción libre, de compromiso y esperanza que el otro significa y del que se alejó sistemática y permanentemente.

6.    

En el opuesto extremo antropológico, presentado su particular visión con rasgos (por lo menos externos) marcadamente diferentes, está la antropología de la totalidad. Colectivismo es su nombre político-social.

La idea de base de esta perspectiva es pensar al hombre como un “ser para un todo”: como algo al que la totalidad (llámese estado, raza, nación, clase social o más levemente idea) asume, subsume y otorga el sentido que, fuera de ella nunca encontraría.

Volviéndolo elemento anónimo, fungible e impreciso, esta antropología lleva en si el contenido de su propia contradicción: ya que al resolver al ser personal en una realidad cooptante y mayor, lo disuelve, al punto de convertirlo en un elemento apenas (una partícula social, conceptual o cósmica) del todo que subroga su verdadera existencia.

7.
   
En su faz práctica la filosofía de la totalidad denunció los males de la egología. Remarcó la solidaridad, buscó el encuentro, quiso liberarse de su alienación al trabajo y cambiar la propiedad individual por la colectiva: pero siempre a un nivel despersonalizado,  siempre interpretando al hombre como un medio o como una función de esa totalidad omnipresente. Por eso mismo fracasó en su intento.

8.    

En rigor el hombre no es ni un “ser para si mismo” ni un “ser para un todo”.

Egología y totalidad, y sus derivados empíricos: individualismo y colectivismo, significaron visiones erróneas, ideologías que si bien potenciaron algunos aspectos ciertos del hombre, concluyeron desfigurando su realidad esencial.

Durante vidas recientes que se cuentan por siglos, al errar la lectura del hombre, equivocaron la praxis de la humanización: confundieron la vida, polucionaron la tierra, hicieron gemir a toda la creación bajo el peso de sus equivocadas perspectivas (hablo  -por el lado del individualismo- del tercer mundo, de la desigualdad, de la marginación, de la pobreza, hablo –por el lado del colectivismo- de muros y opresiones, de hombres y mujeres luchando por recupera su existencia personal).

9.    

En esas condiciones, la tarea moral de este tiempo de hoy no puede ser sino la de vencer las perplejidades y el escepticismo que se derivan de sistemas que caducan: tratando de construir una nueva perspectiva del hombre que, recogiendo sus rasgos sin desfigurarlos, permita en sus implicaciones prácticas promover su futuro de humanidad no concluido.

Que lo reivindique en su faz personal, dialógica, proyectiva, como cooperador inacabado de la obra de la creación.

Pienso que una perspectiva así sólo podrá fundarse verdaderamente en el encuentro y el diálogo.

En la recuperación del otro, con el que toda existencia humana verdadera se traza. 

Otro no para dominar ni para fundirme en una totalidad absorbente, sino para reivindicar con él y mutuamente, el ser personal, único, no fungible, no canjeable, libre, histórico, ético que en el amor del encuentro se sustenta.


Nota: el tema de la crisis contemporánea ha suscitado una impresionante skepsis. La posibilidad, propuesta en el texto, de que su clave se encuentre en el fracaso de las perspectivas acerca del hombre, presupone, obviamente, considerar a las concepciones antropológicas como base de los diversos sistemas económicos, políticos, jurídicos y, en general, sociales. Con relación a las diferencias entre la egología y la totalidad debo señalar que en mis clases en la Facultad he sostenido, permanentemente, que a pesar de sus divergencias reconocen un punto de convergencia. Por eso muchas veces sus conceptos y valores se usan como recambios y no resulta infrecuente la justificación de comportamientos ceñidos a uno de los sistemas desde pautas del otro. Ese punto de convergencia parece estar constituido por la idea de individuo que la egología ha desarrollado y que significa diluir el ser personal en un punto de referencia abstracto y por eso mismo totalizante. La apertura de dominio que propone la antropología egológica acaso se muestre con rasgos elocuentes en el desarrollo tecnológico de la sociedad de occidente. Cabe señalar además que egología y totalidad han enlazado estrechamente en sus desarrollos con otras perspectivas antropológicas; el dualismo y el monismo materialista, fortaleciendo de ese modo la absolutización de sus respectivas visiones.