Basilio Uribe

Escribió entre los años 1947 y 1958, la preciosa serie de veinte poemas dedicados a la Virgen: todos ellos de una inmensa ternura. Transcribimos cuatro de ellos, que forman parte, junto a otras excelentes poesías de su libro  “Los días” (Emecé, Buenos Aires, 1959).

I

Hoy necesito nombrarte
tan hondamente, María,
que vuelva mi corazón
a florecer en la vida.

Y vean mis ojos frescos
la luz de siempre, infinita,
que me darás en la noche
cuando llore sin heridas.

II

Si ahora me tocaras con tu dedo,
como una rama fresca, siempre viva,
y yo pudiera hablar, soñar que puedo
nombrarte, dulcemente pensativa.

Oh, nombrarte, María, ya sin miedo
mientras la clara noche nace arriba
y la luna florece bajo el ruedo
de tu manto azulado, sin deriva.

Nombrarte sí, salvarme de mi nada,
de este hueco que finge sin reposo
arrastrando la piel deshabitada,

Y por el cual quisiera, tembloroso,
poderte así nombrar, Inmaculada,
a fin de descansar ya de su acoso.

XVI

Ampáranos en la noche
de las horas que no avanzan
de los ojos demasiados
llenos de luz desvelada,
del vacío inextinguible
que permanece sin pausa
de las arenas inmóviles,
incandescentes, selladas,
que devoran hasta el hueso
la pulpa de la esperanza.
Líbranos de todo insomnio
del horror de nuestras ansias.

XX

Ahora muere la tarde
en el silencio sin luz;
ahora debo callar
y penetrar la quietud.

Ahora mis ojos alzo
y en lo hondo solo tú
serenas como la fuente
que devuelve la salud.