Suum Cuique Tribuere
(Reconocer en el otro a un suyo de sí mismo)


La fórmula de Ulpiano con la que se define la justicia, ha suscitado una skepsis que lleva siglos. Retomada y desarrollada por grandes filósofos, aún hoy resulta motivo de comentarios y controversias. Lo que revela, me parece, su aceptación al menos como punto de partida para la reflexión sobre el tema.

El núcleo de su texto está en la frase suum cuique tribuere que Ulpiano escribió precedida por la palabra jus y que ya había sido utilizada por filósofos anteriores (como Aristóteles, por ejemplo). Dar a cada uno lo suyo es, en ella, el contenido del acto justo y del esfuerzo por realizar la justicia.

Ese núcleo fue frecuentemente entendido con el sentido restringido de restituir una cosa a alguien.

Dar representaba el hecho mismo de la entrega. Lo justo radicaba en que esa entrega se adecuara a cierta propiedad o pertenencia de aquél a quien se le devolvía. La fórmula de Simónides que se examina y deshecha en el libro I de la República de Platón, marca de un modo claro ese significado circunscrito de entrega.

Por lo común, ese modo de considerar a la justicia, llevó a limitarla a acciones y bienes externos. Se devolvía lo prestado, se pagaba el precio correspondiente a la cosa entregada, se repartían entre todos los bienes que de alguna manera ya eran de todos.

El dar a cada uno lo suyo no consiguió superar de ese modo la medida y la proporción del acto de restituir y de recobrar.

Creo sin embargo, que lo que la fórmula proponía era precisamente la posibilidad inversa, es decir, un suyo que asumiera la magnitud relevante y que llevara al dar a extensiones que significaran mucho más allá de una mera entrega en restitución.

Y que esa posibilidad (que a veces se vislumbró sin desplegarse totalmente) es la que vitaliza, luego de muchos siglos y peripecias el renovado tratamiento de su texto.

Quisiera brevemente desarrollarla en unas pocas proposiciones:

1. La fórmula revela un encuentro, una alteridad. Suyo en la fórmula significa, en un sentido negativo lo que no es mío. Pero, al mismo tiempo, positivamente, lo que sí es de alguien. Esta es una clave muy importante. Esa palabra suyo no tendría sentido posible alguno si no se la expresara en términos de yo-otro, es decir, de intersubjetividad. Sólo puedo decir suyo, cuando alguien está co-presente en mi existencia.

2.  Ese encuentro aparece profundamente modalizado con un sentido de diálogo (o de inicio de diálogo). No es un co-presencia estática, un mero estar de seres enfrentados entre sí. Es un movimiento del yo hacia el otro el que aparece propuesto desde la perspectiva del suyo. Sólo cuando actúo reconociendo, afirmando, promoviendo, mi existencia se abre a la dimensión del suyo.

3. La actuación mía es la de dar. El dar deriva del suyo, está subordinado a la existencia del suyo, surge del suyo. El suyo es requirente: me llama, reclama una actuación mía. Me saca de cualquier in-sistencia y de cualquier indiferencia. Dar es hacer una dación, cuya medida deriva de la propia dimensión del suyo, lo que significa salirme de mí, abrirme al encuentro.

4. La llamada que se deriva del suyo está presente aunque el suyo nada pida en una concreta situación histórica. Incluso, aunque por una circunstancia de alineación no tomara conciencia de su suyo, el requerimiento igual existiría y con él la apertura a las dimensiones dialógicas de la dación de encuentro a mi reclamada.

5. Esta dación no está circunscripta a actos o bienes externos ni significa solamente su restitución (podría significar una restitución en otra dimensión y con una fuerte modificación intencional del término: la que ligara, por ejemplo, la restitución a la categoría de la gracia).  No se trata única ni principalmente de devolver algo antes de recibido, sino de dar al otro lo que como suyo reclama se le dé. El primer suyo del otro (el suyo del cual derivan todos los posibles suyos), es el otro mismo, su auto apropiación como ser personal. La primera dación es  la de su reconocimiento como tal.

6. La búsqueda de bienes materiales y culturales, la propiedad, la posición, el cambio, las leyes y valores que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar, la organización de la sociedad política, el bien común, son otras tantas expresiones del reconocimiento al suyo del otro como alguien personal.

7.  Ese reconocimiento –aun en su impresionante importancia- como principio de constitución de un diálogo es apenas un punto de partida. Un punto propiamente inagotable, que propone una perfección progresiva. En algún momento de ese camino ascendente el suyo, alguien, se convertirá en un ser sólo reconocible como un rostro pronunciable con un nombre: alguien único e irrepetible. En ese punto el suyo de la justicia desemboca en el suyo del amor y descubre la dimensión de lo absoluto.
Estas proposiciones podrían extenderse. La fórmula de Ulpiano propone otras cuestiones especialmente profundas no sólo en el vínculo de dar con el suyo, sino a partir de la perpetua y constante voluntad que se requiere para actuarlo.
Pueden alcanzar sin embargo, en la breve finalidad de este ensayo, para expresar la posibilidad (me atrevería a decir la necesidad) de que el suum cuique tribuere sea entendido de un modo tal que permita desplegar la vastedad de implicaciones y significados existenciales que propone al hombre desde siempre el tema de la justicia.
Recomponer la real magnitud del suyo  como referencia del ser personal, del dar como expresión del encuentro; de la justicia como base, de la existencia dialógica y de la dimensión de amor que regula el universo.
La posibilidad de hacerlo, desde la fórmula de Ulpiano con una comprensión que sobrepase ciertas limitadas aplicaciones singulares (evitando al mismo tiempo las extrapolaciones de una perspectiva totalizante) es la que a mi juicio explica su permanente lozanía.