Poder y Existencia

Por Fernando Boasso*



1. Dimensión mítico simbólica

En las culturas arcaicas ya se encuentra el problema del PODER en la existencia humana. En PODER se halla ínsito en ellas. Es la mano que nos sostiene por encima de la nada. Esto del Ser y la Nada lo analizaré más adelante.

En aquellas culturas al PODER no se lo define conceptualmente, sino que lo expresan en el lenguaje de los símbolos, los que abren un dilatado espacio de significación de un más allá, de una “metá”, por encima del límite de la lógica racional.

Como expresó Heráclito a propósito del Apolo de Delfos: “Sýmbolon aute légei, aute kríptei, allá semáinei” (el símbolo ni dice-define, ni oculta, sino que solamente señala). Señala otra realidad por encima de la cosa simbolizante, por ejemplo, el fuego. Desde sí, produce un tránsfert en el espíritu humano hacia un sentido que trasciende la realidad visible.

El símbolo de fuego se halla presente en las culturas arcaicas, en los mitos. Incluso es asumido por el filósofo Heráclito, que le otorga el sentido de “agente (poder) de transformación, pues todas las cosas nacen del fuego y a él vuelven”. El fuego (Pyr) es el principio (la “arjé”) de todo: todo procede del fuego eternamente vivo. (Pyr aéizoon): es lo hiperviviente. El alma del hombre es una centella del fuego divino.

Esquilo en su tragedia sobre el mito de Prometeo presupone que el fuego es un poder de los dioses, lo detenta Zéus. Prometeo se los roba para entregarlo a la humanidad. Más adelante volveré a tratar el significado de este mito.

El símbolo Fuego-Luz (1) forma parte de la cultura china. En los ritos solares los chinos empleaban una tableta roja para simbolizar el fuego, en referencia a la llama solar.

En los jeroglíficos egipcios el fuego aparece asociado a la idea de vida y salud. Este símbolo pasa a significar una energía-poder espiritual.

Para la mayor parte de los pueblos primitivos, el fuego procede del soberano poder del sol. Es su representación en la tierra.

Paracelso (alquimista y médico suizo, siglo XVI) establece la igualdad del fuego y de la vida.

En general, el fuego es arquetipo de lo ultraviviente.

El gran tratado a G. Van der Leeuw “La Religión, dans son essence et ses manifestations” (2), muestra que en el pensamiento y los ritos religiosos, el fuego posee poder vital. Así, en la práctica de los romanos, no había que dejar se apagase, porque simbolizaría la muerte. La antigua Roma consagraba las vírgenes vestales con la misión de atizar y cuidar el fuego sagrado a fin de que jamás se apagase, porque del fuego dependía la salud del pueblo. La vida humana y la existencia del fuego son siempre solidarias.

Incluso la Calabria moderna, cuando ocurre un deceso, apaga el fuego, que también “muere”. Recordemos que en nuestro lenguaje a la muerte de alguien también decimos que se “apagó” lentamente... El fuego “muere”; la vida se “apaga”, como si ambos estuviesen mutuamente incluidos.

El poeta Hörderlin habló del fuego que es la revelación del “espíritu glorioso y misterioso del mundo”.

La liturgia católica, en la Vigilia Pascual, simboliza la Resurrección de Cristo mediante el rito del Fuego nuevo, cuya luz vence la muerte. En el rito del cirio alzado sobre el candelero, con su flor de fuego simboliza la eterna Luz, garantía del Amor que es sin fin renovado, en virtud de la muerte sacrificial de la cera, que se torna vida.

A. Kirchgässner afirma, a propósito del cirio litúrgico: “el fuego es una Luz viviente”(3).

El fuego es “fons et origo”: símbolo originario arquetipo de PODER-VIDA.

En la religión védica de la India el poder divinizado es Agni. En sánscrito el sustantivo fuego, es pyr y también  Agni, el dios de donde nace el fuego, cuya raíz continúa en latín ignis con igual sentido. En nuestra lengua, “ígneo”, “ignición”, etc.

DIOS, en la raíz de las lenguas indoeuropeas, es DYAUS, que significa plenitud de Luz que brilla en el cielo. Esa raíz continúa en Zeus griego, Deus latino, neolatín Dios (4).

Hay que tener en cuenta que el fuego alumbra convirtiéndose en luz viviente. De aquí, fuego-luz es símbolo arquetípico de energía viviente de PODER.

Como símbolo bíblico señalo sólo un significado sorprendente: en hebreo, “el hombre” se dice ish, la mujer isha; y el fuego esh, de la misma raíz. El hombre es “fuego”. Hecho de tierra, pero un soplo de vida desde Dios lo hace semejarse a Dios - fuego que arde eternamente.

R. Otto en su clásico tratado sobre lo sagrado-numinoso “ Das Heilige” (5), analiza el poder del misterio sagrado en su carácter de tremendum, en el cual el poder, la fuerza, es preponderancia absoluta(p.37). Ello implica el elemento de energía de lo numinoso. En p.43 cita a Lutero sobre la Omnipotencia de Dios: “ No es otra cosa que la síntesis de la majestad, en tanto que soberanía absoluta, y de la energía en tanto que fuerza de Dios que no conoce ni obstáculo ni reposo del Dios Viviente” (42-43).

Mircea Eliade sostiene que toda teofanía (manifestación divina) es kratofanía ( krato=fuerza, poder) (6).

En la cultura semita el sustantivo EL significa al mismo tiempo PODER y DIOS. Era el nombre común de las divinidades de Babilonia y Canaán. Esta palabra es de amplio uso en el hebreo bíblico. El plural EL-ohim (Gn.1,1) según los biblistas no significa dioses, sino un “plural de plenitud”, de una única divinidad.

Como prefijo o sufijo EL está incorporado a muchas palabras, como Emanu-EL (Dios-con-nosotros); Bet-EL= Casa de Dios, etc.

Debemos tener en cuenta que las raíces lingüísticas están en las consonantes, no en las vocales, que suelen variar al pasar a otra lengua.

El árabe ALÁ posee la misma raíz: AL-Ilah, el Dios único de PODER y soberanía absoluta, ante la cual no cabe más que adorar.

El nombre de Dios, EL, se le revela a Moisés como YAHVÉ (Ex.3,14) en la teofanía de fuego que arde en un arbolito sin consumirse, como sustentado en sí mismo. Sin hacer una exégesis completa, señalo lo más significativo de su múltiple contenido. Quiere decir: Yo-Soy el que Soy. Soy el que quiero Ser (explosión de libertad, imprevisible para los seres humanos). Yo Soy el más allá de toda palabra. Yo-Soy el que hago existir, el que irrumpe en la historia y transforma la realidad. Soy el que seré. El hacia delante futural.

Ese nombre israelita, en conclusión, entraña también las originarias ideas religiosas de la humanidad, de Dios que es Poder por antonomasia.

El fuego acompaña también la teofanía del Sinaí (Ex. 19,18) como otros pasajes. Así, Elías es el profeta del fuego, en todo su valor simbólico ( Eclesiástico 48,1). El Deuteronomio (4,24; 6,15)habla de Dios como “un fuego devorador”.

El profeta Daniel, en sus visiones apocalípticas, vio un trono en que un Anciano (Dios) se sentó. Y describe: “Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego brotaba y corría delante de El” ( 7,9-10).

2. Fuego – poder – amor

El fuego, poder de vida (poder contra la muerte) es también símbolo de AMOR poderoso que triunfa de todo como fuego vivo.

“El AMOR es fuerte como la muerte... Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Las aguas torrenciales no pueden apagar el Amor, ni los ríos anegarlo” (Cantar 8,6-7).

Entre varios textos del Nuevo Testamento, en los Hechos 1,5 el fuego que desciende sobre los apóstoles en Pentecostés simboliza el Espíritu divino como poder de Amor transformador que incendia los corazones de los discípulos lanzándolos a la evangelización de las naciones, y hablan la lengua del Amor que todas las razas y pueblos entienden.

Fuego- Poder de Vida-Amor.

“Logique du coeur” que funda la comunidad humana. Como todo símbolo, da que pensar... Bien lo afirmó P. Ricoeur: “Le Symbole donne á penser” (7).

El asserto citado es la conclusión de su profundo estudio de la simbólica mítica.
La autoridad de Ricoeur avala las reflexiones presentadas como proemio que ayuda a pensar e indagar sobre el PODER en las páginas siguientes.

3. Naturaleza del poder

- Ser y poder

Klaus Hermemerle (8), en artículo sobre la dimensión metafísica del PODER, afirma que SER es la más originaria y la más universal esencia del PODER. SER y PODER coinciden. El PODER es una forma de Ser, es un “plus” de ser, para que el ser de un ente no desaparezca ni se diluya cuando es atacado.

Se trata, pues, de la cuestión del Ser y la Nada: un ente, para rechazar y excluir la nada, presupone poder de ser.

En verbo ser es verbo de poder. Ortega y Gasset afirma que el concepto ser, desde los griegos hasta nosotros, ha adquirido “el valor del verbo activo de ejecución, de ejercicio” (9).

Cuando definimos que algo es expresamos su esencia y en ello de alguna manera ejercemos un dominio, un poder (10).

Nuestro filósofo Héctor D. Mandrioni desarrolla un acabado análisis sobre ser y poder (11). Amplío lo arriba afirmado incorporando su pensamiento.

El poder se identifica con el ser de cuanto existe. Todo ser, por el hecho de ser, ya es en sí un poder: el “poder de ser”. Hay una potencialidad incluida en todo ser actualmente existente.

El “poder de ser” cancela la esencial debilidad de la nada, e implica una victoria sobre ella. Según el grado de perfección de un ser existente se da la mayor o menor victoria sobre la nada (43-45).

Por mi parte agregaría que detrás de cada ente finito -todos los seres fuera del Ser de Dios- se oculta la sombra de la nada, a la que da lugar toda finitud.

El poder se revela, se desoculta tornándose verdad  (alézeia) en el hecho de que un ser existe no siendo ya sólo una idea, mera potencia que no ha pasado al acto. Cuando algo tuvo poder de llegar a ser realmente, la nada quedó como la sombra oscura de la quebrada que resalta el concreto macizo del cerro que se alza a su lado. Como la sombra de un cuadro es para resaltar la luz.

- Voluntad de poder

Resumo el análisis de Mandrioni sobre Nietzsche y la hegemonía absoluta que el filósofo alemán adjudica a la Voluntad del Poder.

La “visión metafísica central – de Nietzsche consiste en comprender cómo la voluntad de poder constituye la esencia unitaria y constante de todo lo que es, de modo que el ser del ente se identifica con la voluntad de poder” (149).

“La voluntad de poder es el hecho último hasta el que podemos descender”. El poder es la esencia metafísica de la realidad (152).

Nietzsche anunció la eliminación radical de toda realidad superior, con el drástico anuncio: “Dios ha muerto”. Su desaparición -dirá- es un hecho de tal magnitud, que será necesario un largo tiempo para que los hombres comprendan sus consecuencias (156)

Para este filósofo la esencia más profunda del “mundo” y su fundamento último para el hombre, es la voluntad de poder, que se crea constantemente a sí. Ser, Vida y Voluntad de Poder son lo mismo. Y el ser de la vida consiste en un querer siempre más, voluntad de trascender todo límite humano (161).

Todo el discurso de Zaratustra presenta, como virtud suprema, el ascenso del hombre al SUPERHOMBRE (Uebermensch).

Cuanto está implicado en la creencia en Dios, la moral, la metafísica, con la muerte de Dios es ahora un lugar vacío. Nihilismo de todo.

Me permito juzgar por mi parte que la voluntad de poder nietzscheana posee un fundamento verdadero. Porque como afirmara santo Tomás “omne ens amat suum proprium esse”. Sí, todo ente ama su propio ser. Ese “amarse” del Aquinate entraña un sí a su existencia, lo que equivale a voluntad de poder ser para rechazar la nada.

La existencia humana se identifica con su historia, y cada eslabón de esta historia ha demandado voluntad, “amando” su existir futural.

Pero todo el discurso de Nietzsche queda viciado de raíz por su “Dios ha muerto”. Por más que agregue “¡Viva el Hombre!” La muerte de Dios arrastrará consigo al hombre a la tumba.

Ricouer sostiene que el extravío humano del nihilismo nietzscheano, la raíz de su perdición, hállase en la clave por él creada: la “Muerte de Dios”. Y en ello, desvincularse de toda trascendencia.

- Capacidad de mover

Considerada la dimensión metafísica del poder ser, hay que dar un paso más, acerca del poder actuando en la realidad visible.

¿Cómo se define el poder actuando en las realidades físicas, y sobre todo, en la realidad humana?

Romano Guardini definía el poder como “la facultad de mover la realidad” (12). El poder, pues, actúa produciendo modificaciones, ya sea en la naturaleza, ya sea en los seres humanos.

Para Max Weber, el poder, en el hombre, es “la posibilidad que tiene un individuo de hacer triunfar, en el seno de una relación social, su propia voluntad contra ciertas resistencias, sin hacer intervenir aquello sobre lo que se funda aquella posibilidad”; es decir, no importa sobre qué se basa su poder, el cual interviene sin aprobación previa del que es movido.

Conviene advertir que según los enfoques, en el campo práctico, el poder no resulta un concepto unívoco, pues posee más de un significado.

Para K. Rahnes (13), entendido en forma general, el poder consiste en la autoafirmación propia de un ente determinado, desde la cual tiene la posibilidad de intervenir en otro modificándolo, sin previa aprobación de éste. Siempre opera un cambio.

Admitida la afirmación de la intrínseca y necesaria relación de poder y cambio, conviene introducir una distinción: no es del mismo género el poder de la naturaleza sin el hombre, que el poder del hombre.

- Energía y poder

Un terremoto, un tornado, un rayo, un tigre, producen un efecto naturalmente. Pero esa pura realidad física carece de iniciativa libre, como en el poder del hombre. A ese poder de la naturaleza R. Guardini lo denomina ENERGIA (del griego “enérgeia” = fuerza en acción).

Las culturas míticas solían verla como realidad misteriosa, por iniciativa de algún poder divino, o demoníaco. Ello implicaba una imagen mítica del mundo, de carácter religioso (14).

Según el lúcido análisis de Guardini, solamente podemos hablar de poder, en sentido propio del término, si se dan dos elementos:
a) Las energías reales capaces de producir modificaciones en las cosas.
b) Y una conciencia al manejarlas, una voluntad que tiene objetivos al hacer uso e las energías. Y ello supone el espíritu en el ser humano. (15)

- Poder y libertad

A este propósito, como señala K. Rahner, poder y libertad son realidades dependientes dialéctica y recíprocamente una de otra. La libertad es en sí superior por ser característica del espíritu; el poder físico (energía) es inferior porque es meramente material (16).

Agreguemos desde ya el carácter de ambigüedad del poder. Porque siendo un bien, el hombre puede ejercerlo para obrar el mal. Siendo para sostener la vida, puede producir la muerte.

En este caso se daría el extremo de su ambigüedad, de su ambivalencia. Un poder-ser vencido por la nada. Poder que fagocita su propio ser y se convierte en nada.

Por lo arriba dicho, el sentido del poder humano demanda una ética.

En la ambigüedad caben el mérito y la culpa según el buen o mal empleo, benefactor o nocivo. Justo o injusto. Ello legitima el actuar del orden jurídico.

Siguiendo el pensamiento de R. Guardini, partimos de la base cierta de que el poder energético solamente existe en estado puro en la naturaleza, contenido en la red determinante de sus leyes físicas (las que constituyen el objeto de las ciencias modernas). Únicamente el hombre, mediante su tecnociencia, ha llegado a tener poder de manipular esas leyes. Posee poder de cambiarlas, de liberarlas y someterlas al dominio de su liberad.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con la energía atómica.

Verifícase el aserto: conocer es poder.

La naturaleza sometida se vuelve una prolongación del hombre, su brazo largo.

El Creador había expresado su voluntad de dominio sobre la naturaleza a través de sus leyes estructurantes. Pero ahora el hombre, por su dominio, se convierte en su nuevo dueño.

No existe ningún poder sin dueño, levitando en el cosmos. La energía natural física, perdida su dependencia de la voluntad divina, depende de la voluntad humana. Todo el poder es del hombre.

El “homo cibernéticus”, por una parte se deshumaniza, por otra detenta un poder monstruoso con trágica capacidad de muerte. Lo mostró en Hiroshima y Nagasaki. En Bagdad...

El poder del hombre actual ha crecido estallando límites cósmicos. Piénsese en los vuelos interplanetarios, en lo makro; en lo mikro, el descubrimiento del genoma, la clonación, etc.

Racionalidad y sentido

Paul Ricoeur señala dos características de la civilización actual, marcada por el dominio de la ciencia:

- Un progreso de racionalidad;
- Un retroceso de sentido.

La racionalidad científica es inteligencia de los medios, de la instrumentalidad. Y en lugar de fines, que otorgan sentido al uso del poder, establece objetivos a conseguir. La racionalidad científica no es cosmovisiva, sino sectorial. Y si se omite el planteo de los fines, la historia pierde interés. La vida sólo gira en el eje del ahora.

Einstein veía a nuestro tiempo como la época de la perfección de los medios y de los fines equivocados. Intuyó que el problema no estaba en el poder atómico en sí, sino en el corazón del hombre.

Artur Koesler describía al hombre moderno como un dinosaurio de máxima perfección técnica y un mínimo de ética humana.

Noche ética

El hombre había pensado que el aumento en progresión geométrica de su poder significaba, sin más, seguridad, bienestar, solución de todos los problemas. Pero por el uso de la libertad, el resultado es ambiguo, es polivalente, porque el hombre no acrecentó paralelamente su responsabilidad ética.

Ocurre entonces que se nos echó encima una noche ética, que permite actuar una hybris aciaga, desmesura en las decisiones humanas, infatuadas de su omnipoder.

Pero aquí en esta manipulación científica, al final el poder se emancipa de la voluntad humana. Se escapa de sus manos. Porque acaece como si el poder se objetivara y ya no fuese el hombre su dueño que lo maneja responsablemente.

Decíamos, además, que no existe poder alguno sin dueño: la energía física se halla atada al dominio e imperio de sus leyes determinantes; pero quebrado ese imperio en virtud del poder del hombre que las manipula, y al haber pedido su norma ética, el poder objetivado se escapa de su dominio.

Si ese poder resultante de la tecnociencia ya no está regido por las leyes de la naturaleza, ¿ a quién pertenece? Ya no pertenece al Creador cuyo dominio se expresaba en esas leyes, modificadas ahora por el hombre.

Ese poder emancipado ¿ya no tiene dueño al emanciparse de la responsabilidad humana?

No. Ese poder no queda levitando sin dueño. Algo demoníaco toma posesión, se adueña y se torna amenazante: un algo oscuro, caótico, que no puede ser nombrado por lógica racional, sino por el logos mítico: es lo demoníaco.

Este es análisis de R. Guardini en el libro citado por el Poder.

4. El misterio de la serpiente

Génesis 3,1-7 (léalo, lector) ofrece la interpretación acerca de la desmesura en el origen de la historia del poder del mal, bajo la imagen mítica de la Serpiente.

El mito aquí relatado se compone de tres actores: Adán, Eva, la Serpiente. Para su exégesis, ténganse en cuenta algunas precisiones.

- Adán, aquí, todavía no es el nombre de un individuo, sino el Hombre, genérico. El ser formado de la “adamha” la tierra, convertido en ser viviente por el soplo vital de Dios.

- Eva  es también nombre genérico: Madre de los vivientes.

Por consiguiente, Adam-Eva son la fuente originaria de la humanidad.

Afirma Ricouer: “La función de los mitos del mal consiste en englobar la humanidad en su conjunto en una historia ejemplar. Adán significa el hombre”. Por ello, “El mito adámico es por excelencia el mito antropológico: Adán significa el Hombre (17).

Serpiente, que tienta y engaña al ser humano hundiéndolo en el mal, es símbolo de potencias abismales del mal oscuro pero real que existe en el mundo (¿el “pecado del mundo”, evangelio de Juan?). Mal que parece superar y exceder la maldad del obrar humano, que a veces se lo tacha de “demoníaco”. Símbolo de un mal irracional que ciega al hombre y lo induce a dudar de su mera destinación creatural (18).

Según el relato, el Creador entregaba liberalmente todo a la decisión libre del hombre, pero con prohibición taxativa de no “comer” del “Árbol del bien y del mal”. Ese “árbol” era el signo del poder soberano y absoluto de Dios. Significa que la libertad humana lo puede todo, menos conquistar el poder absoluto divino.

La Serpiente prometía que si “comiesen” de ese árbol “serán como dioses” y “conocerán el bien y el mal”.

Nota semántica: “conocer” (yadah”) hebreo no es intelectual sino un experimentar, una vivencia. El “bien y el mal” en hebreo significa todo -como “el cielo y la tierra” es todo-. Experimentarlo, vivenciarlo todo ejerciendo un poder de decisión absoluta, sin límite alguno. La única ley es su decisión. Su libertad es su única ley.

Ese “comer” del árbol de la soberanía de Dios significa autarquía, autosuficiencia en la raíz de su ser, para determinar de modo absoluto su propia historia.

San Agustín comenta que el pecado-ruptura adamítica no consistió en el deseo de autodivinización del hombre, sino en el indebido camino para ello, al querer ser el principio de su propia existencia: “Voluit esse principium sui, modo indébito”.

La no aceptación del límite creatural, deseando para sí la soberanía divina, termina en la frustración, en la invalidez desnuda del hombre. Confusa quiebra de sentido. Es el pecado, en hebreo hatta, que significa flecha que yerra el blanco: el errar el blanco del sentido realmente humano, del sentido de la historia. Flecha frustrada, cae en la estepa desértica de la nada, al rechazar el límite criatural, para ser dios.

El mito da que pensar....

En la aventura del crecimiento desmesurado del poder del hombre actual, que excede su propio límite, la flecha existencial no acierta el blanco.

5. El poder antropológico

El relato bíblico de la creación del hombre también enciende una luz sobre la cuestión del Poder. No la apaguemos dando vuelta esta página de serenidad majestuosa. (19).

“Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos (poder) los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”.

“Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”.

Los bendijo, diciéndoles: “sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla (poder); dominen (poder) a los peces..., las aves ...y todos los vivientes” (Gn 1,26-28).

En la imagen y semejanza está incluido el poder para que el ser humano domine el mundo.

Comenta el prestigioso biblista Gerhard von Rad (“Teología del AT”, tomo I – Sígueme, 1969): la imagen-semejanza “habla de la finalidad de esta semejanza divina..., la función que encomienda al hombre: ser señor del mundo”. (196).

“La consecuencia más decisiva que deriva el hombre de su semejanza divina es la función que ésta le confiere con relación al mundo exterior”.

Dios otorga al hombre “el derecho de dominio” (197).

Es derecho y deber el ejercer su poder sobre el mundo.

R. Guardini (op.cit) agregaba que entonces el mundo, la naturaleza, entra en el dominio del hombre y así se convierte en un elemento del mundo humano, vinculado a su libertad (20).

Como en una pirámide todas las laderas suben a coronarse en su vértice, así el relato de la creación, sugiere un diseño piramidal, ascendiendo sus laderas a coronarse y concentrarse en su vértice, el hombre erguido, su señor.

Y aquí reside el grave problema del poder sobre el mundo en manos de la libertad el hombre, por su insuficiente responsabilidad ética. El poder, regalo de Dios al hombre para su señorío y para su bien, puede tornarse demoníaco, según viéramos arriba.

El hombre como ser de poder tiene que automodificarse para su propio bien mediante las virtudes, incorporando valores humanísticos que lo dignifican  como persona. La virtud, según Josef Pieper (“Las virtudes fundamentales” –Rialp, p. 15), “no es sólo honradez, corrección de un hacer u omitir aislado. Significa más bien que el hombre es auténtico tanto en sentido natural como sobrenatural. “Virtud...es la elevación del ser de la persona. La virtud es, como dice S. Tomás, “ultimum potentiae”, el máximo a que puede aspirar el hombre”.  Recordemos que la virtud, la “areté”, era el más alto valor en la vida de los griegos.

El documento Gaudium et Spes, n. 34 (Vaticano II), afirma que el hombre, imagen divina, con el mandato de someter la tierra, “hace admirable el nombre de Dios en el universo”. Las  obras del talento humano no se oponen al poder divino. Más bien, “son signo de las grandezas de Dios”.

Pero advierte que “cuanto más crece el poder del hombre, más se extiende su responsabilidad”.

De acuerdo con la antropología bíblica, el sentido del poder humano, capaz de modificar la naturaleza y automodificarse a sí, consiste en colaborar con el Creador, como completando el sentido de la creación para su propio bien y el de la humanidad (21).

No es para alcanzar el dominio por el dominio: actitud prometeica que ignora lo principal de Prometeo, el poder del fuego que arrebata es únicamente para bien de la humanidad, no para sentirse Dios.

Sin desconocer el enorme aporte del poder científico para la humanidad, la historia moderna siente el horror de haber visto los hongos atómicos que se alzan luego de encender la fecha del infierno en la tierra de los que fueron vivientes...

En lugar del gozo, del bienestar del confort que podría humanizar la vida, un horizonte parece ceñir la tierra, como un kaos mítico en lucha para apagar la luz...Con razón la humanidad moderna siente miedo como por una amenaza agazapada. (22).

Ernesto Sábato dijo que la naturaleza dominada por el hombre se ha desquitado entrampando al hombre en su propio poder.

En el artículo del Anuario 2002 del Instituto de Filosofía del Derecho (Universidad Nacional de Lomas de Zamora), su Director Dr. Héctor Negri ofrece una lúcida reflexión sobre Dios que crea al hombre como persona, según el relato bíblico. Lo cito como aporte interpretativo.

El Creador al darle poder al hombre para su libre manejo, le ofrece “la tarea de participar en una creación no terminada”.

“Esta propuesta abría puertas maravillosas. Significaba, en la plenitud de sus implicaciones, la posibilidad de que el hombre fuese el continuador cotidiano de la obra de Dios. Pero, al mismo tiempo, abría compuertas de incertidumbre. Porque la libertad encierra el inmenso riesgo de poder negarse a sí misma, de conducir a su propia destrucción. (...)

“Hecha a un ser personal, libre, que podría no aceptarla, esta invitación inauguraba realmente un riesgo. La de una respuesta que rehusara aceptar toda la inmensa magnitud de lo que se proponía.

“Ese momento creatural se renueva a todos los días, aún hoy, con definiciones varias. Y así el viejo orden de la naturaleza y el de la vida misma muchas veces se alienta con la presencia transformadora del hombre, creando ciudades, puentes, medicinas, poemas... Otras veces, en cambio, son de destrucción, la opresión, la guerra, las respuestas: todo viene así a languidecer” (p.91).

Ambigüedad del poder, en virtud del poder de una libertad que se extravía.

6. ¿ Menoscabo del poder de Dios?

Dios al crear libre al hombre ¿no renuncia a su poder absoluto, ya que nuestra libertad puede no acatarlo? La creatura libre, capaz de rechazo, ¿no implica en el Creador una autolimitación de su poder? No. Porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Su poder se identifica con su Amor. La rebelión del hombre no podrá jamás limitar el Dios-Amor.

Más aún, Dios muestra especialmente su poder en su amor-misericordia (23). En Dios su Ser es su Poder, y también su Poder es su Amor. Por eso, en la raíz del Poder creador arde el exceso del Amor, cuya plenitud despilfarradora fisura todo límite. Su amor es ilimitado, infinito.

Vuelvo a la carta magna de la antropología bíblica: el hombre imagen semejanza de Dios, que se expresa en el dominio del mundo, ha de ser reflejo creado del Poder-Amor increado. Y aquí arroja luz la afirmación de Sto. Tomás:

“El poder de Dios es su bondad, y por eso necesariamente usa bien de su poder. Pero con el hombre no ocurre lo mismo. Por eso, no basta que el hombre se parezca a Dios en el poder, sino que se ha de parecer también en su bondad” (24).

La imagen-semejanza jamás se manifiesta en la desmesura de un poder que destruye la creación, que mata la vida. Esa imagen solamente se torna epifanía cuando se parece en algo al Amor-Poder divino.

Este es el camino del designio creador que no necesitó luchar contra el kaos, como luchaban los héroes del mito.

Ante el Kaos, esto es, lo informe e inaprensible, ante la imprecisa mezcla tenebrosa que desconcierta muestra imaginación y derrota todo concepto, ante una niebla borrosa de ser en útero de imposible alumbramiento, ante ese kaos, la Palabra soberana de Dios prorrumpe la orden: ¡Qué exista la luz!

Venciendo el kaos, la Luz preside el ritmo creacional de los días. Nace el Cosmos, el orden limpio, apolíneo, nombrado por los griegos.

7. ¿Cómo crea Dios?

Dios no crea las cosas según modelos externos a sí.. Mucho menos al crear el hombre, sino desde la fuente pura e infinita de la esencialidad eterna de su Ser-Poder-Amor, decide que exista el hombre que haga la historia configuradora de su imagen. Nadie en forma igual. Todos por diversos caminos.

El hombre (homo viator) es caminante en el tiempo, más grande que el espacio, buscando vencer el espacio. Siempre más...

Nadie compartió con el Creador la responsabilidad sagrada, insoportable a la pura criatura humana (25).

Misterio del hombre varón-mujer, corona y cima de la creación, hecho dueño responsable de ella por encargo divino. Grave ethos ha de encuadrar su poder.

El amor absoluto de Dios no teme la infidelidad del amor humano. Aunque la libertad humana extravíe el sentido de su poder, hasta el punto que se le escape de sus manos dejando tenebroso espacio para el dominio demoníaco, el Amor divino será siempre más grande que el fracaso, y sabrá sacar bien del mal, efectuando el tránsito de muerte a vida.

Lo revela la Pascua de Cristo.

Este misterio es respuesta a la pregunta de Leibniz: ¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Sí. El amor gravita en lo más hondo del misterio del hombre. Porque es persona. Sto. Tomás, reflexionando sobre las “Personas” Trinitarias, las definía como un “esse ad”, esto es, el estar vueltas las unas hacia las otras, en una circulación procesional de su amor eterno. Quiere decir que el concepto de persona entraña un plexo de relaciones interhumanas de individuos-personas saliendo de sí hacia otros. Dicho simplemente: el hombre es esencialmente un ser social.

Si mal no recuerdo, fue Berdiaev quien afirmó: “La Trinidad es el mejor programa para una verdadera sociedad”.

Descartes, desde su “cójito, ergo sum”, concibe al hombre como individuo, vuelto sobre su yo. Esa visión individualista marcará la filosofía del liberalismo de la vida moderna.

Martín Buber comenta así el reduccionismo antropológico del individualismo y de su opuesto, el colectivismo marxista: “El individualismo no ve al hombre más que en relación consigo mismo, pero el colectivismo no ve al hombre, no ve más que la sociedad. En un caso el rostro del hombre se halla desfigurado, en otro, oculto” (26).

Si la definición de “persona” implica la nota inherente al hombre ser social, ser hacia los demás, ser dialogal, ello estimulará a configurar el ideal de un “ordo amoris” según visión agustiniana. También de Max Scheler.

El amor constituye el poder más eficaz, el poder fundamento que sostiene la arquitectura de la existencia humana, la realización de las personas. Y desde ellas, de la sociedad.

El poder del amor teje los hilos de la solidaridad humana.

El amor epifaniza lo hondo del misterio de la persona.

El amor es un decir sí aprobativo a la vida de los demás. Conocido es el aserto de M. Blonderl: “L´amour est par excellence ce qui faît êter”. Amor, poder que “hace ser”. El amor creador de Dios es la fuente del río de nuestra existencia.

Gabriel Marcel, más literariamente dijo: “Amar a una persona es decirle: tú no morirás”.

Amor, poder que vence la muerte, mano que nos sostiene sobre la nada. Leda Valladares canta: “Somos, si tenemos quien nos mira”. La mirada del amor que nos hace ser.

He aquí la paradoja crucial: el amor más grande, en el dar la vida, morir para que otro viva. En el naufragio, entregar el propio salvavidas a la mujer que no lo tiene, entregando la propia vida al abismo oceánico...

Jesús lo había afirmado, y se hizo epifanía en el misterio de la Cruz: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15,13). Comenta H. Urs von Balthasar que en la kénosis, el despojo total de Cristo “es precisamente donde se manifiesta la íntima majestad del amor de Dios, del Dios que es Amor”.

Ya lo intuían los griegos. Lo protagonizó Alcestes en la tragedia de Eurípides (27).

Si alguien decide morir por otro, muestra en ello que se sacrifica por un bien que desborda su propio destino. Muerte por un valor en esperanza que sobrepasa la razón.

El amor que ofrenda su vida por otros, apuesta a la noche porque desde ella siempre nace el sol. La muerte atraviesa la noche para el parto de vida. Misterio pascual: muerte-resurrección.

Aquí el amor es más fuerte que la muerte: sumérgese en ella para vencerla. Es fuego que no podrá apagar toda el agua de los ríos (Cantar, 8,6).

Para concluir la reflexión sobre el poder de vida del amor, recurro nuevamente a la cultura mítica de los símbolos.

Habíamos visto el significado originario del fuego arquetipo del inconsciente colectivo (Jung), símbolo de energía de vida.

El segundo libro de Lucas, “Hechos de los Apóstoles” relata (2, 1-11) la irrupción del Espíritu Santo sobre los apóstoles como lenguas de fuego, que en vez de destruir, es fuego de amor, poder que transforma el interior de aquellos hombres. Amor es allí la lengua que se hace entender por todas las demás lenguas. Amor que así va formando a los hombres en seres dialogales.

El amor solicita expresarse en el más adecuado símbolo, el fuego, energía viviente.

La oración creyente ruega: “Ven,  Espíritu Santo, enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor”. Amor, corazón de fuego.

Cito un fragmento de la poeta y teóloga alemana Gertrud von Le Fort, en “Letanías a la fiesta del Corazón de Jesús” (28):

“¡Fuego! ¡Fuego! ¡Arden las alas de los ángeles!
¡ Arden las espadas de los querubines!
¡Arden las yescas del cielo! ¡Arden las profundidades de la tierra!
¡Roca y astro llamea!
¡Arde el ansia de las criaturas!
¡Arde el espíritu en la oscuridad de las cumbres humanas!
Todo está tomado del amor,
Todo debe hacerse amor.
¡Murmurad santo, santo, santo, vosotras,
Llamas de los serafines!

8. Poder y política

Cuando se habla de poder, lo primero que pensamos es el poder político.

El ejercicio político efectúase mediante el poder, es rama fuerte de su tronco.

El problema de la política y el problema del poder han sido propuestos conjuntamente por Maquiavelo.

Montesquieu remite a la experiencia de que todo poder tiende al abuso de poder. Y solamente un contrapoder puede detener el abuso. Sostiene que para impedirlo, “il faut que...le povoir arete lo povoir”. Es necesario que el poder frene el poder.

Platón enseñaba la necesidad de contener el poder político mediante leyes. Mal necesario –agregaba Locke- para reprimir el abuso de poder.

Hans Urs von Balthasar afirma que “la libertad aparece como el más radical poder del hombre”, que pertenece al bien de la creación, pero también al mal. (29),

San Agustín escribió (De Civ Dei) sobre la  “libido dominandi”: ansia, pasión de dominar.

El dicho de Lord Action: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absoluty”. Si el poder corrompe, esta sentencia parece afirmar que la corrupción, el mal, es ya germen maligno en las entrañas de todo poder.

El poder político, poder humano por antonomasia, en el sistema que sea, es experimentable por todos los ciudadanos como realidad ambigua, mechada de bien y de mal. Lo daban por supuesto los autores arriba citados.

El ejercicio del poder político, necesario, puede reportar a las naciones grandes y legítimos beneficios, como también grandes daños, injusticias, opresiones, crímenes.

Entrevistado el filósofo Paul Ricouer (febrero 2003) afirmó:

“El terrorismo ha provocado una vuelta al miedo. Nuestra civilización occidental, del optimismo cultural de Locke (s. XVIII) ha pasado al dominio de la muerte de Hobbes, también del mismo tiempo. Vemos los días del “homo homini lupus”, “el hombre, lobo para el hombre”.

“Que el hombre haga sufrir al hombre y obtenga goce en ese dolor, es algo típicamente humano. La guerra de todos contra todos al erguirse del monstruo Leviatán, máquina, dios mortal y animal”.

El poder terrorista sangrientamente inhumano se encarna en ciertos hombres tiranos de todas las épocas, incluso en las cercanas, como en Stalin, Hitler. Millones de asesinados. A propósito de la shoah escribió Anna Arendt: “El mal del que los hombres son capaces no tiene límites. La humanidad es una pesada carga para el hombre”.

9. El prometeo político

La filosofía de Feuerbach (s. XIX) es la fuente del llamado humanismo ateo. Rechaza a Dios porque lo ve opuesto a la grandeza humana. La humanidad anterior –afirma- no había accedido a una conciencia adulta. Necesitaba un poder-dios. Por eso, se alienaba al proyectar su grandeza fuera de sí, en los atributos de un “Dios” que no existe.

Ahora hay que recuperar esos atributos, propios de la grandeza humana. En Feurbach, el acento cae sobre la exaltación del hombre, más que en la exclusión de Dios. Nietzsche proclamará primero la muerte de Dios para crear el Superhombre.

El genial Dostoievski, en su novela “El Adolescente”, afirma la necesidad existencial de Dios. Si se lo suprime, para poder vivir habrá que sustituirlo por algo, por un ídolo. En la novela “Los Demonios” su protagonista Kirilov descubre que ese ídolo es el hombre-dios (no el Dios-Hombre, Cristo). Y relata:

“Yo he estado buscando el atributo de mi divinidad.  Al fin lo hallé: es mi propia voluntad..., mi nueva y terrible libertad”. Y Kirilov quiso demostrar su libertad de absoluta autosuficiencia mediante la acción del suicidio,  la propia muerte. En esa acción revela el hombre-dios, por encima de la vida y la muerte.

A través  de un tal acto de libertad autodivinizada, acaso también otros Kirilov han terminado en suicidio, la muerte de los pueblos. Dostoievski, profeta.

Volvamos a Fuerbach. Ejerció enorme influencia en Marx, en quien inspira su filosofía política y la plasma en un símbolo que ha tenido amplia resonancia: Prometeo (30).

El mito griego de Prometeo inspiró la emocionante tragedia “Prometeo Encadenado” de Esquilo, en la cual el héroe titán semidios roba el fuego a Zeus. “El esplendor del fuego que en todas las artes se ejercitan”, dice el Poder, personaje que entra en la primera escena.

Prometeo roba el fuego a la divinidad para regalárselo a los hombres, quienes en ese simbólico poder, iniciarán el progreso humano.

El ideal marxista se proponía realizar el sueño de la grandeza humana (en el hombre genérico, la sociedad perfecta).

La sensibilidad del s. XIX fue prometeica, con visión utópica, esperando arribar a un progreso en el que estribaría la solución de todos los problemas. Pero en el s. XX el fuego prometeico inspiró a los dictadores de los sistemas nazi y fascista. Su ideal prometeico sabemos cómo terminó.

En opinión del filósofo italiano Vattimo, el superhombre de la voluntad de poder de Nietzsche influyó no sólo en el nazismo alemán, sino también en la ideología muy distinta: en la primera inspiración del marxismo soviético.

En la base de ambos, la muerte de Dios daría lugar a configurar una humanidad superior.

Henry de Lubac afirmó que “el humanismo ateo fue un humanismo inhumano” (31).

Las dos guerras mundiales del siglo pasado que han azotado a la humanidad más avanzada del s. XX, fueron elocuente signo del fracaso prometeico.

La aventura del poder prometeico no se halla hoy ausente, en otras  formas, para desdicha de los pueblos, la guerra atroz sigue matando multitudes de inocentes, mediante el más sofisticado armamento para matar y destruir. La TV aprovecha para mostrar el espectáculo del horror, como interesantes espectáculos de fuego y humo...

En el ignorar práctico del sentido fundamental del don del poder para la vida en las decisiones políticas, reina una monstruosa hybris. Para los dueños del poder, cuán necesario es el lema de Sócrates: conócete a ti mismo (gnothi sautón). Sócrates pensaba que este conocimiento serviría para que los hombres limiten su ansia de poder y no desbarranquen en la desmesura, la hybris.

He recordado el peligro ambiguo del poder político. Pero ello no quiere significar que no sea legítimo y positivo el fuego atizado sabiamente para verdadero servicio humanizante de los pueblos. Pero demanda severa responsabilidad en su uso.

Una elemental memoria de la historia nos advierte sobre la necesidad de discernir lúcidamente cuál y dónde está el bien a conseguir, el mal a evitar. La ética debe ser guía de la libertad.

Para Aristóteles el perfil del líder político debe poseer éthos: carácter y conducta moral; pathos, que toque los sentimientos, que sepa conmover; que posea logos, capacidad de ofrecer  sólidas razones y motivaciones intelectuales.

El hecho histórico de que haya habido santas y santos políticos que están en los altares, prueba que también el ejercicio sabio del poder puede ser camino de virtud insigne.

Para la Iglesia, el santo patrono de los políticos es Tomás Moro, Canciller de Inglaterra en tiempo de Enrique VIII (1478-1535).

* Sacerdote. Licenciado en Filosofía y Teología. Profesor de la Lengua Griega y latina y de Literatura Española. Autor de “El rostro descubierto del misterio del hombre”; “Atahualpa Yupanqui: hombre y misterio”; entre otros.




NOTAS

(1) Ver art. En Juan Eduardo Cirlot: “Diccionario de símbolos tradicionales” (Miracle, Barcelona).
(2) “Phénoménologie de la Religión” (Payot, Paris 1955). Art. Le Feu.
(3) “Les signes sacré de l´Eglise”, p. 115.
(4) R. Grandessaines D´Hauterive: “Dictionnaire des racines des langues européennes” (Larousse, 1994). Mircea Eliade: “Traité d´Histoire des réligions” (Payot Paris, cap. II,20.
(5) Uso la excelente traduc. francesa “Le Sacré” (Payot Paris). Hay traduc. española, manos afortunada, con título “Lo Santo”.
(6) M. Eliade: “Mitos, Sueños y Misterios”. Revelaciones sobre un mundo simbólico y trascendente. (Fabril, Bs.As. 1961, p. 154).
(7) “Finitude et Culpabilité” (Aubier, 1960, 1. II, “La Symbolique du Mal”).
(8) Enciclopedia “Sacramentum Mundi” (Herder 1977).
(9) En prólogo a la “Historia de la Filosofía” de Emile Bréier.
(10) Rodolfo Kusch cita el texto ortegueano en “América Profunda” (Bonum, Bs.As. 1975. Y en su “Esbozo de una Antropología Americana” (Castañeda, Bs. As. 1977) descubre en las culturas mestizas de nuestra América que no es el ser sino el estar el verbo que traduce su más honda conciencia de ser hombre”.
(11) “Sobre al Amor y el Poder” (Docencia, Bs. As. 3ra edic. 1986). Especialmente, c. II. Ampliamente sobre Nietzsche, c. IV.
(12) “La Puissance”. Essai sur la régne de l´Homme. (Seuil Paris 1954).
(13) “Escritos de Teología”, t. IV. Traduc. española. Taurus. Ver “Teología del Poder”, 495 ss.
(14)  R. Guardini, op.cit, 13-14.
(15)  Ibid, 14-15.
(16) Op.cit. 504.
(17) Ricouer, opc.cit en nota 7, 154; 218.
(18) Ut supra, 241-242.
(19) Génesis 1,26-31; 2, 1-4
(20) Op.cit, 80.
(21) San Ireneo, en un famoso texto, sostiene que el hombre ha sido creado como caminante –homo viator- hacia su perfeccionamiento: “El hombre fue creado para progresar y crecer” (Adv. Haer. IV, 11,1), y Dios mismo nos hizo “primero hombres para hacernos luego dioses (38,4) por un proceso de “maduración” (5,1). Dado que Dios no nos creó dioses ni perfectos sino creaturas en la historia, “era preciso que fuese primero hecho y que, una vez hecho, creciera y creciendo se hiciera adulto” (Debo la cita a Víctor M. Férnandez: “La gracia  y la vida entera”- Agape, p-313).
(22) Juan Pablo II cita el texto de S. Pablo  “La creación entera que hasta ahora gime y siente dolores de parto” (RH. 8).
(23) Ver Sabiduría 11, 21-26. Comentario en mi libro “Apuesta al Abismo” (Paulinas), “Poder, Amor, Misericordia”, p.63-67).
(24) Suma I-II, 2,4
(25) Ver Isaías 40, 12-31.
(26) “¿Qué es el hombre?” (Fondo de Cultura Económica, p. 142)
(27) Para mayor conocimiento referente al pensamiento griego sobre esta cuestión, vea A. –J. Festugiére: “La Esencia de la Tragedia griega” (Edic. Ariel, Barcelona 1969).
(28) “Himnos a la Iglesia” (Nuevas Estructuras, Bs. As. Traduc. de Hedwig Schwarz).
(29) Vol. IV de “Teodramática”, cap. “La Acción”. Nota: sólo tengo a mano traducción italiana, p. 137. A este autor pertenecen las citas de Montesquieu y la referencia a Platón, Locke y S. Agustín.
(30) Marx afirmará que Prometeo es “el más noble santo y mártir del calendario cristiano”...
(31) “Le Drame de l´Humanisme athée” (Paris, Spes 1945, 10).