La vocación del hombre de Héctor Delfor Mandrioni


Este es un gran libro. Breve (apenas sobrepasa las cien páginas). Escrito en excelente estilo y formidable ilación interior, propone con cuidadosa intensidad los interrogantes más arduos de la existencia en orden a la vocación.

Mandrioni ha sabido conjugar, de un modo admirable, los requerimientos del lenguaje riguroso de la  filosofía con esa maravillosa vibración oculta del poema que a veces cita, a veces rememora, y a veces bellamente escribe. Y ha podido resolver con acierto la difícil tarea de develar, ante los ojos del lector, una variedad de cuestiones decisivas, que a la luz del tema de la “figura total del existir” asumen rasgos inéditos.

La vocación las reúne y resume. Aviva la inquietante presencia del misterio que cada una de ellas encierra. Y de ese modo: la espera, la escucha, la llamada, la interioridad, la verdad, la libertad, el amor, el encuentro y la respuesta, se despliegan en el territorio múltiple y grave de la reflexión filosófica.

El libro está compuesto por cinco capítulos: Vocación y conocimiento (I), La mediación del otro (II), La imagen ideal (III), Vocación y Libertad (IV) y Conclusión (V); e incluye, en la octava edición que comento, un cuidadosísimo índice de nombres propios, obras y temas.

Algunas ideas desarrolladas en su contenido, tienen especial relevancia en la filosofía del diálogo. Junto a las de la vocación misma (una esencia que permita asumir y desplegar la existencia), las relativas a la atención, la espera y la alegría, podrían perfectamente radicarse en su núcleo. Otras, en cambio, remarcan de un modo particularmente intenso cierta interioridad que parece comprendida únicamente en soledad.

Por eso mismo la inclusión de este libro en el ámbito de una “bibliografía dialógica” resulta problemática. Hay en él un privilegiado núcleo de insistencia, cuyo logos desplaza al logos del diálogo. Y las resoluciones dadas al tema de la interioridad, de la verdad y a la presencia del otro (reducido a función y a medio: v. por ej. pág. 31) proponen diferencias de base con una concepción dialógica en la que, precisamente y como definición radical, nunca el otro puede ser entendido ni como un medio ni como una función del yo.

Acaso Mandrioni no haya llevado hasta las últimas consecuencias toda esa inmensa riqueza de dimensiones y aperturas de existencia que tan bien conoce y expresa, hacia el momento decisivo del encuentro: ¿podría haber vocación sin comunión? O acaso, realmente, su definición filosófica lo acerque más a posiciones insistencialistas.

De todos modos, y más allá de esas inevitables consideraciones (que abren por lo demás la perspectiva de un debate fecundo) el libro es excelente.


(La vocación del hombre, 8va edición. Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1984)