Ernesto Cardenal

Nació en el año 1925, en Granada (Nicaragua) y es uno de los más emblemáticos poetas latinoamericanos contemporáneos.
 
Su poema Las ciudades perdidas integra (junto a otros de su autoría como Mayapan, Economía de Tahuantinsuyo Kayanerenhkowa, Netzahualcoyotl, Marchas Pawnees) su obra Homenaje a los indios americanos.

De una singular belleza expresiva, lleno de nostalgia, el poema va trazando un sutil contrapunto de tiempos y lugares, de presencias y ausencias, en el que la descripción de la naturaleza y la de los restos de una vieja cultura, se encadenan en un conmovedor crescendo.

El mismo fue recopilado en Poesía de uso (El Cid Editor, Buenos Aires, 1979: antología que comprende una parte muy importante de su producción, entre los años 1949 y 1978), convirtiéndose en un clásico de la poesía social latinoamericana.


Las ciudades perdidas

De noche las lechuzas vuelan entre las estelas,
el gato de monte maúlla en las terrazas,
el jaguar ruge en las torres
y el coyote solitario ladra en la Gran Plaza
a la luna reflejada en las lagunas,
que fueron estanques en lejanos katunes.

Ahora son reales los animales
que estaban estilizados en los frescos
y los príncipes venden tinajas en los mercados.
¿Pero cómo escribir otra vez el jeroglífico,
pintar al jaguar otra vez, derrocar los tiranos?
¿Reconstruir otra vez nuestras acrópolis tropicales,
nuestras capitales rurales rodeadas de milpas?

La maleza está llena de monumentos.
Hay altares en las milpas.
En las raíces de los chilamates hay arcos con relieves.
En la selva donde parece que nunca ha entrado el hombre,
donde sólo penetran el tapir y el pizote-solo,
y el quetzal todavía vestido como un maya;
allí hay una metrópolis.

Cuando los sacerdotes subían al Templo del Jaguar
con mantos de jaguar y abanicos de colas de quetzal
y caites de cuero de venado y máscaras rituales,
subían también los grifos del Juego de Pelota,
el son de los tambores, el incienso de copal que se quemaba
en las cámaras sagradas de madera de zapote,
y el humo de las antorchas de ocote. . . Y debajo de Tikal
hay otra metrópolis 1000 años más antigua.
-Donde ahora gritan los monos en los palos de zapote-

No hay nombres de militares en las estelas.
En sus templos y palacios y pirámides
y en sus calendarios y sus crónicas y sus códices
no hay un nombre de cacique ni caudillo ni emperador
ni sacerdote ni líder ni gobernante ni general ni jefe
y no consignaban en sus piedras sucesos políticos,
ni administraciones, ni dinastías,
ni familias gobernantes, ni partidos políticos.

¡No existe en siglos el glifo del nombre de un hombre,
y los arqueólogos aún no saben cómo se gobernaban!
La palabra "señor" era extraña en su lengua.
Y la palabra "muralla”. No amurallaban sus ciudades.
Sus ciudades eran de templos, y vivían en los campos,
entre milpas, y palmeras, y papayas.
El arco de sus templos fue una copia de sus chozas.
Las carreteras eran sólo para las procesiones.
La religión era el único lazo de unión entre ellos,
pero era una religión aceptada libremente
y que no era una opresión ni una carga para ellos.

Sus sacerdotes no tenían ningún poder temporal
y las pirámides se hicieron sin trabajos forzados.
El apogeo de su civilización no se convirtió en imperio.
Y no tuvieron colonias. No conocían la flecha.
Conocieron a Jesús como el dios del maíz
y le ofrecían sacrificios sencillos
de maíz, y pájaros y plumas.
Nunca tuvieron guerras, ni conocieron la rueda,
pero calcularon la revolución sinódica de Venus:
anotaban todas las tardes la salida de Venus
en el horizonte, sobre una ceiba lejana,
cuando las parejas de lapas volaban a sus nidos.
No tuvieron metalurgia. Sus herramientas eran piedra,
y tecnológicamente permanecieron en la edad de piedra.
Pero computaron fechas exactas que existieron
hace 400 millones de años.
No tuvieron ciencias aplicadas. No eran prácticos.
Su progreso fue en la religión, las artes, las matemáticas,
la astronomía. No podían pesar.
Adoraban el tiempo, ese misterioso fluir
y fluir del tiempo.
El tiempo era sagrado. Los días eran dioses.
Pasado y futuro están confundidos en sus cantos.
Contaban el pasado y el futuro con los mismos katunes,
porque creían que el tiempo se repite
como veían repetirse las rotaciones de los astros.
Y vivían con la armonía que veían en los astros.
Pero el tiempo que adoraban se paró de repente.
Hay estelas que quedaron sin labrar.
Los bloques quedaron a medio cortar en las canteras.
-Y allí están todavía-

Ahora sólo los chicleros solitarios cruzan por el Petén.
Los vampiros anidan en los frisos de estuco.
Los chanchos de monte gruñen al anochecer.
El jaguar ruge en las torres -las torres entre raíces-
un coyote lejos, en una plaza, le ladra a la luna,
y el avión de la Pan American vuela sobre la pirámide.
¿Pero volverán algún día los pasados katunes?