La existencia como proyecto compartido
H. N.


El reconocimiento del carácter proyectivo de la existencia del hombre constituye uno de los rasgos decisivos de la Filosofía del Diálogo.

Toda su ontología, su ética y hasta su teoría del conocimiento están fuertemente ligadas a la idea del existir como un permanente hacer-haciéndose.

La idea es la de que el hombre no ha llegado aun a ser completo; que tanto a nivel personal como histórico, todavía está por realizarse; que todo ser humano tiene que llegar a hombre, ir creciendo en humanidad, acercarse cada vez más a las posibilidades humanas que están prefiguradas en su esencia y que solo a él le toca descubrir y realizar.

Hay, en todo esto, un profundo sentido de construcción.

Construcción que por otra parte no concierne al hombre individual, sino al ser personal, es decir, al hombre en relación, abierto en el encuentro con los demás.

La dialógica revela al hombre de este modo, como al ser que está fundamentalmente orientado hacia el futuro: es un ser de esperanza, aun en aquellos momentos en los que la esperanza pareciera desvanecerse.

Es verdad que prácticamente todas las antropologías contemporáneas han reconocido –aunque con matices diversos- este humano proyectarse. Y que, en este sentido, la filosofía de la existencia, que fue la que (aunque a veces con un sentido trágico) recuperó filosóficamente toda la magnitud de la apertura del existir al hacerse, pareciera haber incorporado en este punto huellas perdurables.

Sin embargo, no debe creerse que la ida de un hombre haciéndose, y menos la de un hacerse en un proyecto compartido, radique únicamente en criterios modernos de humanidad.

Estos criterios se han actualizado, y acentuado, es cierto, pero son de antiquísima data.

Hay uno, especialmente antiguo y particularmente vinculado, por lo demás, a la revelación judeo cristiana, que no dejará nunca de sorprender por la impresionante magnitud del planteo que representa. Y es el que se contiene en el capítulo 1 del libro del Génesis, radicado en una frase (que la glosa ha recorrido con especial intensidad), que se registra en el versículo 26.

Se narra en ese capítulo el tema de la creación del mundo y del hombre (o del hombre y el mundo, porque la cronología viene permanentemente alterada por el sentido del acto creador).

Precisamente allí, modificando súbitamente una secuencia en donde lo creado sigue una relación lineal, mono direccional, estática, se incorpora de pronto (en el momento más profundamente solemne), una propuesta dialógica-participativa y proyectiva.

Es como si el designio creatural trazara una frontera en su propia estructura: abandonara la dimensión de la causa y el efecto, las sustituyera de pronto por una invocación coloquial a la libertad.

La secuencia del libro del Génesis es sustancialmente esta: en el principio creó Dios los cielos y la tierra (1,1). Y dijo Dios: sea la luz; y fue la luz (1,3). Luego dijo Dios: haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas (1,6). Y fue así (1,7). Dijo también Dios: júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así (1,9). Produzca la tierra hierba verde, árbol de fruto…Y fue así (1,11). Dijo luego Dios: haya lumbreras en la expansión de los cielos, para separar el día de la noche… (1,14). Y fue así (1,15). E hizo Dios las dos grandes lumbreras…hizo también las estrellas (1,16). Dijo Dios: produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen…(1,20). Y creó Dios…todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género (1,21). Luego dijo Dios: produzca la tierra seres vivientes según su género…Y fue así (1,24). Y vio Dios que era bueno (1,25).

Entonces dijo Dios: hagamos al hombre…(1,26).

En este preciso instante, toda la interna ilación de Dios ordenando en una ráfaga continua, equilibrada, pero radicalmente solitaria se transforma: “…hagamos…”.

¿A quien se dirige Dios en el momento decisivo, sorprendente, profundo, en el que la creación del hombre pareciera no poder concebirse sin la cooperación de otra fuerza creadora, agregada a la divina?

¿A los ángeles, al mundo ya existente de las cosas por él creadas? ¿A si mismo?

Aún sin descartar totalmente estas hipótesis, la tradición judía y la antropología cristiana han concluido que esa interpelación coloquial estaba finalmente dirigida al hombre mismo: a ese hombre al que apuntaba el proyecto divino, que debía concentrarse sin embargo con su propia cooperación.

“Hagamos al hombre…”. Esa alianza fundaba la libertad: el hombre sería, para siempre, compañero de Dios (conf, Como se retoma y enriquece esta idea en Juan 15,14). De allí en más las fases sucesivas de la historia serían momentos de construcción del hombre: de aprendizaje, muchas veces dramático, de esa libertad, y del compromiso de respuesta que significaba. Hacerse y hacerse en un proyecto compartido. Esta es la síntesis que se radica en los textos que confluyen en Génesis 1,26. El hombre no puede ser interpretado como una expresión de creación conclusa, ni su humanización un mero despliegue de la potencia en acto. En la raíz de la libertad, del proyecto, y de su inicial apertura al diálogo, como llamada y como respuesta, se encuentra al núcleo de su existencia como hombre.

La corroboración de estas ideas en el primero de los textos sagrados de la revelación judeo cristiana, no deja de ser estimulante para una filosofía especialmente sensible a la dimensión de la trascendencia.