La filosofía y el concepto de la filosofía
 Michele F. Sciacca



Traducción de David Lagmanovich, Ediciones Troquel, Buenos Aires, 1955.

La impresionante personalidad de Michele F. Sciacca, revelada a lo largo de tantos importantes estudios, sobresale en este excelente libro sobre el concepto de la filosofía, que nuestra Cátedra ha incorporado recientemente al listado de obras de base para los trabajos de Seminario.

Su idea de que toda investigación y toda forma de actividad espiritual es una profesión de vida moral; su propuesta de síntesis entre la teoría y la práctica; su rechazo al egoísmo, tanto de los sentidos como de la razón y de la voluntad: y especialmente ese principio de existencia creada en el que Sciaccia radica la posibilidad de reconocerse como creatura y reconocer al Creador (lo que significa , ontológicamente, el descubrimiento del sentido de la existencia a partir de la tomas de conciencia de ser creado), se van expresando a lo largo de seis capítulos, que provienen de distintos ensayos y a los que sin embargo une, internamente, la sutil ilación de la idea dialógica.

Sciacca es un autor agudo, ágil, penetrante: conocedor profundo de Platón y de San Agustín, conmovido permanentemente por las angustias y gozos del existir (la alegría, la palabra, el silencio, el tiempo, el amor, el mal, la inevitable muerte y la esperanzadora inmortalidad), ha enlazado con los pensadores contemporáneos más significativos, una propuesta de filosofía de la integridad en la que confluyen tiempos y problemas, y en la que se van abriendo, paulatinamente, las riquezas inenarrables del camino que conduce a la verdad y al encuentro con el otro absoluto.

El capítulo I que da nombre a todo el libro es un testimonio vivo de ese enlace. En él, la indagación del concepto de filosofía, va recorriendo nombre y teorías en una diáfana meditación sobre la búsqueda que la filosofía entraña.

“Dice la tradición que fue Pitágoras quién, como retrocediendo humildemente frente a la majestad de la sabiduría divina, se nombró por vez primera no sabio sino filósofo: simplemente amigo de la filosofía…”. Con estas palabras da inicio Sciacca a su trabajo.

Amistad con la sabiduría. Sólo el hombre puede realizarla. La filosofía es la ciencia del hombre. Dios no es filósofo -dice Platón- porque es el Sabio.

Pero en el hombre esa amistad supone “…un esfuerzo constante…” “…para superar límites, para penetrar zonas oscuras, para vencer la duda…” (pág. 13).

Y el esfuerzo es dolor. “…No hay luz de verdad para el hombre, sin el sacrificio y el sufrimiento…” “…Humanísima es la filosofía, sellada con las notas eternas del dolor en la alegría…” (pág. 14).
¿Es la filosofía una ciencia como todas las demás?

No, no lo es. Ciencia de lo universal, del ente en cuanto ente y de sus propiedades esenciales, recusante liminar de todo fin utilitario, (Sciacca hace un cuidadoso elogio de la inutilidad de la filosofía, que es imposible leer sin recordar a Romano Guardini cuando se expresaba de idéntica manera acerca de la liturgia), teleológica, valorativa, síntesis originalísima, síntesis absoluta, la filosofía diverge de las ciencias porque compromete una presencia de humanidad que las categorías científicas en su objetividad impersonal excluyen.

“El hombre de ciencia aplica un método de investigación a determinado fenómeno: se guía tan sólo por la observación  y el razonamiento: todo sentimiento queda excluido. No pasa así en la filosofía, que fundamentalmente es racionalidad concreta…” “…vale decir, racionalidad que implica al hombre íntegro, total, incluyendo a la razón, la voluntad, el sentimiento, el corazón…” “…La filosofía… alienta en esa pura razón… una vida que es presencia de humanidad…” (pág. 19).

Esa raíz humana que no se desfigura en el esfuerzo de la búsqueda (y que constituye la esencia, la perfección de la filosofía) hace a la voluntad de sacrificio: “…quien filosofa … renuncia a cuanto estorbe al amor…” (pág. 36).

La vuelve también un compromiso: “la ley de la investigación filosófica es la misma ley de la moral…”.

Una certera cita de Rosmini resume después la idea: “No nos parece digno del nombre de sabiduría ese conocimiento que de ningún modo obra sobre el corazón humano…” (Teodicea, n.4,cit. Pág. 34).

Hasta tal punto convergen filosofía y ser humano que el objetivo final de trascendencia se vuelve común. “…su objeto es Dios…” “…Lo busca… quiere conocerlo…” (pág. 36). La filosofía, “liberadora del alma˝ (según la expresión agustiniana ) … tiene como fin supremo a Dios…” (pág. 39).

Esto no lleva, ciertamente, a que filosofía y religión se confundan. Una es un esfuerzo de ascesis, de apertura , un tratar de ascender a Dios: otra es una asunción, que es un don gratuito que la verdad hace sí a quien la ha amado por entero…” (pág. 39).

El capítulo II (¿cómo debe concebirse la filosofía?) continúa estos argumentos contraponiendo a la filosofía con la ciencia, desde la perspectiva de un trabajo escrito originalmente para responder a inquietudes y a posiciones divergentes del  Centre International de Synthèse.
El núcleo de su contenido radica en la idea de inesencialidad existencial de las ciencias y de esencialidad existencial de la filosofía.

“…El saber científico es informativo: la ciencia satisface una curiosidad intelectual: el saber filosófico es formativo y terriblemente comprometedor: responde a una necesidad total del hombre total…” “…Se puede no ser científico. No se puede no ser filósofo… Imposible sustraernos a las filosofía…” (pág. 49).

Y luego “…La aventura científica  puede correrse o no: la aventura filosófica es obligatoria  para todo hombre que no quiera suprimir la apelación esencial de su humanidad más profunda…” (id.)
Esa idea es continuada luego en el capítulo III, al referirse a la filosofía y a la realidad espiritual.

“El espíritu que busca la verdad, por el hecho de buscarla evidencia: …que está hecho para la verdad … que no es la verdad…” (pág. 59).

La objetividad, la necesidad y la universalidad de la verdad advierten que la verdad, aún hallada por el espíritu que la busca, es distinta de él (puede hablarse de interioridad, no de inmanencia).

No es el pensamiento quien pone a la verdad, sino ésta a aquél. “…La verdad es más que el espíritu que la busca…” (pág. 62).

El capítulo IV retoma el tema de la filosofía, desplegando la idea ya expresada en el capítulo I. “…Filosofía es amor a la verdad, desprovista de cualquier fin extrínseco y extraño a la búsqueda de la verdad…” (pág. 65). “…Una búsqueda filosófica que pudiera servir de algo extraño a la pura busca de la verdad en sí no sería ya un filosofar, sin una traición a la filosofía…” (pág. 66).

El capítulo V, a su vez, examina, con líneas plásticas, pensamiento y realidad, que es en Sciacca el examen de la implicación en lo real finito del ser infinito.

La razón tiene muchas veces la ilusión de ser autónoma: no lo es. “…La grandeza que eleva al hombre por encima del mundo…” (pág. 91) se funda y actualiza en una copresencia. “El hombre no es … el fin del hombre … aunque lleva en si mismo su fin … Lleva en sí una presencia de aquello que es su fin…” “…En consecuencia el hombre es punto de coincidencia de una horizontal (el ser real finito) y de una vertical (la intuición intelectiva dl ser ideal infinito) cuyo vértice está más allá de hombre…” (pág. 98).

La transcripción de correspondencia intercambiada con Louis Lavelle (que constituye el contenido del capítulo VI) en la que numerosas inquietudes se plantean revelando la riqueza del pensamiento de ambos filósofos y un testimonio incluido en el final del capítulo IV, en el que Sciacca alerta sobre algunas interpretaciones y encuadramientos erróneos de su teoría, completan el material de este excelente libro en el que, más allá de ciertas excesivas concesiones al dualismo, la actitud filosófica, intensamente humana, que busca saciar las inquietudes y búsquedas de su propia finitud, se perfila con excelentes rasgos.


Héctor Negri


N. de R.: El libro comentado es parte de una producción escrita abundantísima, traducida a varios idiomas. Una relación completa de la misma puede leerse en el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, en la voz dedicada al autor. Nuestra Cátedra utiliza, como bibliografía de base para el tratamiento de la relación palabra-silencio (parte del contenido de la unidad temática 4) su libro: El silencio y la palabra, Ed. Miracle, Barcelona, 1961. También la crítica que le formula Alfonso Lopez  Quintás  en Estética de la Creatividad (cap. XXX). Michele Federico Sciacca nació en 1908 en Giarre (Catania, Italia), y ha sido profesor en la universidades de Pavia y Génova.