Un lugar en el mundo


Dirección: Adolfo Aristarain. Con José Sacristán, Leonor Benedetto, Federico Luppi, Cecilia Roth, Rodolfo Ranni y Hugo Arana.

Este film es un patético religar de esperanzas y de fracasos, de sueños y de inevitables mutilaciones, que concluyen en una desordenada dispersión. 

Cada habitante de esa región campesina (sólo transida por un tren semanal o la kermesse de las fiestas) descubre lenta pero inexorablemente, como un abismo, el sentido pasajero de su paz y el inexorable derrumbe de su mundo.

Todas las cosas, aún aquellas que parecen más sólidas, están cubiertas por un velo de fragilidad: la escuela con su desteñida bandera y su aula asimétrica, donde los estudiantes van para comer: la cooperativa, hecha con el esfuerzo de todos y que no consigue siquiera sostener el precio de la poca lana que almacena: el horno de la casa o la mesa, sobre la que se descubren las últimas congojas.

Y junto a las cosas, casi insertas en ellas, las mismas gentes. La médica que trata, vanamente, de curar a quienes la pobreza y el alcohol consumen: y que hasta fracasa en el intento de querer ayudar a nacer un hijo nuevo, que muerto nace. O la adolescente que empieza trabajosamente a leer, sabiendo que el leer significará de modo indirimible la pérdida definitiva de su joven y amante maestro, y la alienada continuación de su destino servil. O la religiosa que quiere vivir más intensamente el encuentro con Dios junto a los otros (y rehúsa el hábito que siente disgregante) y que será trasladada a lugares remotos. O la inquietante presencia del geólogo a quien le pagan anticipadamente su contrato para que se vaya y no agigante la creciente perturbación que su existencia provoca.

“Todo lo que se dice de vos sería bueno si no fueras monja”, le advierten, en uno de los instantes más patéticos de su crisis de fe, a la hermana religiosa. Y esa irrompible relación entre la esperanza y el fracaso, indefinidamente entrelazada en la expresión simultánea de su encuentro dramático, los identifica, inseparables: se dicen con las mismas palabras, se vaticinan en los mismos gestos, son inherentes, uno al otro.

La película parece una inmensa parábola sobre el judaísmo: escrita con caracteres cristianos, universales. Recoge por eso mismo todo el significado judío de la promesa y de la radical negativa a su consumación. El éxodo, los muertos del desierto, la dispersión por un territorio de lástima, informe y vacío. Todo es recordado entre líneas, todo es discreta, dulce e intensamente sugerido. Alguna cruz esvástica que lacera un muro, alguna inesperada y arbitraria violencia y alguna vieja canción de cuna que se canta para expresar el amor naciente, son datos mínimos pero inmensamente atinados, pistas acaso fugaces pero sorprendentes que Aristarain incluye, posiblemente sólo para que la anécdota de la película no desplace su íntimo compromiso con una ontología radical: la de la promesa, la de la búsqueda, la de la espera, la de la desesperanza. 

Por eso mismo concluye con la diáspora, que es el deshecho de fracasos anteriores. España para la monja, América del Norte para el geólogo, Buenos Aires para la médica. Y un viaje anhelante para el hijo, en procura de su padre muerto para contarle, junto a las cruces del cementerio, cómo sigue buscando ese esquivo, prometido, inalcanzado, lugar en el mundo.

Esta es una película realmente sorprendente abierta a una interpretación filosófica profunda, en donde el diálogo y su fracaso se asumen desde una perspectiva dolorosa y profundamente humana. Una de las expresiones acaso más penetrantes e intensas sobre la realidad producidas por el cine contemporáneo.